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Katarina, la Cuchilla Siniestra: segunda parte (League of Legends lore).


Antes de comenzar, quisiera hacer una aclaración. Este post contiene la historia oficial y canónica del personaje Katarina, la Cuchilla Siniestra, presente en el videojuego League of Legends. Sin embargo, está entremezclada con una historia de carácter personal en formato de relato corto creada para reflejar, de una manera más creativa y original, la personalidad de dicho personaje, a la que he llamado «Historia secreta». Si quisierais ahondar más en la complejidad de Katarina (o en la de otros personajes), os recomiendo encarecidamente visitar la página oficial de Universo League of Legends para encontrar mucha más información. El mérito pertenece realmente a Riot Games por haber creado un universo tan amplio y espectacular.


Y, sin más dilación, comienza el desenlace de la historia secreta de Katarina. Gracias por la atención y espero que os guste el siguiente escrito.



La noche había entrado hacía un buen rato, pero Katarina no podía cortar esa espiral de rumia y ansiedad que la hacía siempre tan pequeña cuando esos eventos del pasado resurgían para revolotear alrededor de su mente. Esta situación en la que se encontraba… ¡Y en territorio enemigo!


Recordó a Demetrius, aquel desgraciado de baja cuna demaciano a quien su padre ordenó matar en su primer asesinato: lo que ella pensó que sería el comienzo de su prolífica vida de asesina al servicio del imperio… ¿Todos sus sacrificios y esfuerzos desde pequeña para asesinar a un don nadie? Aún recordaba esa rabia que se acumuló en su corazón; una nube distorsionada de incomprensión, decepción y furia. Después de toda su infancia dedicada a convertirse en la asesina definitiva de Noxus: ¿cómo iba a ser esta su primera víctima? ¿Un oficial sin ningún palmarés que apenas sabía empuñar su propia espada? Ella anhelaba servir a su nación, demostrar su fuerza oculta y servir propiamente al Imperio de Noxus. Así fue como ignoró la orden de su padre y decidió apuntar más alto. Se infiltró en el campamento y rajó la garganta del superior que daba órdenes a Demetrius, quien realmente debió haber muerto esa noche. Con esto, Noxus obtendría una victoria más que clara… Y Katarina se vería como la triunfadora heroína. La que traería orgullo a su padre y a su patria. Al día siguiente, cuando Demetrius vio que su comandante había sido asesinado, se alzó en armas contra el campamento de Noxus y casi los masacró a todos… Al cuerpo de soldados de su padre… Incluso él estuvo a punto de perder la vida. Lo que Katarina había iniciado como un acto de valentía, individualidad y determinación propia se había convertido en un grave error que casi le había costado la vida a su padre y, por supuesto, también su estatus como general noxiano: «¡Idiota! ¡¿Por qué buscas la gloria en tus hazañas?! Los mejores asesinos… ¡No buscan reconocimiento! Ni ser el arma predilecta de sus maestros».


Nunca olvidaría aquellas palabras. Aún sentía el barro hundirse bajo sus pies cuando emprendió la marcha de nuevo hacia el campamento demaciano, oculta bajo la capa de la noche… Dispuesta a cumplir con el primer y verdadero objetivo de su misión: asesinar a Demetrius. Pero su mente la encerró… «¿Podré perdonarme algún día? ¿Cómo he podido ser tan tonta?»… Y sobre ella se abalanzó una sombra. Un asesino de Noxus enviado por su propio padre… Dispuesto a matar a su propia hija. En el barro forcejearon, rodaron y lucharon. En medio de la nada, entre los dos campamentos, en un tibio limbo oscuro bajo la oscuridad, embarrada en una marea de adrenalina y miedo, sus instintos tuvieron que emerger entre el terror para sobrevivir. Apuñaló en el costado a su asesino y rajó su garganta mientras se incorporaba tambaleante. Su rostro palpitaba de dolor y llevó una mano a su rostro. Milagrosamente, su ojo permaneció intacto, pero su cara nunca volvería a ser la misma. Pero pese a que su padre había ordenado matarla, ella continuó andando en dirección al campamento de Demacia. Tiempo después, durante el camino de vuelta, cargando con la cabeza de Demetrius por sus cabellos, consideraba llegar y cortar la de su padre también. Imponer su propia ley en la familia. Pero cuando llegó a la tienda de campaña de su padre y arrojó la cabeza del oficial demaciano a sus pies… Aún recordaba sus propias palabras: «El fracaso debe tener consecuencias», sentenció, mirando a su padre a los ojos, comprensiva con los errores cometidos. La herida que cruzaba su cara estaba cubierta de barro y sangre, y los soldados de la tienda de campaña palidecieron al ver cómo incluso la muerte emanaba de ella.


Los tacones de Katarina resonaban con fuerza mientras caminaba por la mansión. Su cicatriz latía, oculta bajo el hechizo que la cubría por completo, al recordar sus inicios. «No más renombre. Debo convertirme en el arma secreta que siempre quise ser». Los servicios de inteligencia noxianos no podían de ninguna manera infiltrarse en las Grandes Casas de Demacia, por lo que esta oportunidad era esencial para recoger información. Al parecer, la mansión de los Laurent se veía totalmente simétrica. Si bien alguna que otra habitación era más o menos amplia, esto ayudó mucho a Katarina a crear un mapa mental de la zona en la que se encontraba: ese gran salón central ocupaba la mayor parte del espacio de toda la casa y, tanto en el piso de abajo como en el de arriba, los pasillos se extendían hacia los lados; grandes puertas que se abrían hacia hermosas habitaciones decoradas y a disposición de los invitados para que entrasen si así lo requerían. Katarina al menos ya sabía que para llegar a Lacroix tendría que hacer algo y avanzar o, de lo contrario, no conseguiría cumplir con su misión. Una campana comenzó a tañir levemente, dirigiendo la atención de los presentes a uno de los salones.


Sin duda era un salón considerablemente más pequeño que el principal; mesas circulares lo adornaban como nenúfares que pueblan una tibia charca y dejaban un amplio hueco en el centro. Al cruzar por las puertas, sus oídos fueron embelesados por una ligera y limpia melodía de un conjunto musical que tocaba delante de la pista apresada por las mesas circulares. Ya había allí mucha gente reunida, pero poco a poco se empezaba a despejar todo. Entre los presentes, pudo ver a Harold, que se reunía con otros invitados, pero evitó siquiera mirarlo para no caer en los pensamientos de antes. Detrás de ella cerraron las puertas. Su respiración se aceleró: no estaba cómoda ahora mismo. Venía de recordar su pasado, el porqué estaba allí… No actuaría de manera natural. Así que bordeó el salón y se dirigió a las grandes puertas de cristal que estaban al fondo, donde dos guardias impedían el paso con sus alabardas de petricita y con sus miradas ocultas detrás de las viseras de sus blanquecinos cascos. Cuando ella se acercaba, ya estaba planeando su falso discurso para salir del salón, pero no fue necesario, y es que cuando se encontró delante de ellos, estos deshicieron el cruce de armas para permitirle pasar entre ellos y llegar al amplio balcón que, bajo la calma de la noche, se asentaba como un refugio íntimo, ajeno a las ocurrencias de la casa. Lo primero que hizo Katarina fue reposar sus manos en la balaustrada de mármol y respirar. Cogió aire, paró por unos segundos y lo soltó por la boca. «Diablos… ¿Qué me pasa?»


Katarina
Balcón. Autor desconocido.

Su pensamiento se vio interrumpido por el sonido de las puertas de cristal detrás de ella, que se cerraban de nuevo.


—Lo siento… —confesó Harold nada más entrar—. Me equivoqué.


—Está bien —dijo ella, cortante. No quería hablar, no en este momento. Quería dedicarse un tiempo a sí misma, sin estar rodeada de nadie. Pero así le parecía demasiado brusco y tajante negar la presencia de Harold. No podía dejar de pensar en el hecho de que esta persona seguía siendo importante para la misión, un eslabón que le permitiría acercarse a su objetivo final.


—¿Puedo confesarte algo? —comenzó él. Katarina lo miró de soslayo mientras se apoyaba con los codos en la balaustrada—.  podemos subir al piso de arriba.


Un escalofrío recorrió la espalda de Katarina. «¿Qué?» Pero calló, ahora interesada por ver qué diría el joven noble.


—Es solo que… Me encontraba cómodo en el piso de abajo. He sido… egoísta. Quería seguir hablando contigo. —Katarina, ahora sí, ladeó la cabeza para mirarlo, y este gesto levantó un leve rubor en el rostro del chico, que desvió la mirada hacia los jardines como si intentara encontrar pájaros escondidos entre los matorrales.


—Cuando me contabas tu pasado… —Él suspiró—. Me sentí identificado, de alguna manera. Pertenecemos a dos familias completamente distintas. Y, sin embargo, me sorprende que nuestras vidas no sean tan opuestas como yo me temía. —Katarina desvió su atención por un segundo. Le dolía que el chico se sintiera tan identificado con esto, sin saber que ella realmente estaba interpretando un papel y que estaba hablando con una asesina noxiana. Sí, la historia que le había contado sobre su hermana Cassiopeia y su estancia en Shurima había sido real, pero la identidad de Katarina no era para nada lo que la identidad de Catherine era para Harold, quien ahora se abría ante ella.


—Mi padre no ha sido un hombre muy… dedicado. No solo en lo que a mi educación respecta. Y aunque amo también a mi tío, bien es cierto que no ha podido estar pendiente de su sobrino tal como lo haría un padre. Mi familia fragmentada me recordó a la tuya y siempre temí que mi familia nunca había seguido el ejemplo de la Lealtad Demaciana. ¿Un matrimonio roto? ¿Un hijo desatendido? Conforme crecía… Me daba cuenta de que todos los Valores Demacianos se desmoronaban uno tras otro. Poco a poco, fui viendo cómo todo lo que se espera de un triunfo familiar se caía a pedazos, tantas leyendas sobre el nombre de la familia Durand… Fragmentos de una vasija que se ha caído en un suelo liso, pero convertidos en un puzle irreconocible en el que no sé adónde va cada pieza. Las herencias continúan con el tiempo y el legado se desvirtúa como un río corriente abajo, pero, a medida que han pasado los años, me he visto en una posición muy importante: por ahora, soy uno de los últimos herederos de los valores de la casa Durand. ¿Cómo voy a cargar con el peso de mi familia si no sé adónde me dirijo? Miro hacia arriba y veo a nuestro rey Jarvan, regio e inamovible, y me otorga inspiración. Pero yo no soy un rey; diantres, no pertenezco siquiera al linaje real. ¿En qué demonios estoy pensando? Me siento… desviado. Completamente fuera de mi rumbo.


—¿Cuál es tu rumbo? —preguntó Katarina—. ¿Acaso tenemos uno?


Harold tragó saliva.


—¿No crees que el destino ya está escrito? —dijo él mientras se armaba de valor para volver a mirarla a los ojos—. A veces pienso que, por mucho que intente sobreponerme a la adversidad… Me son merecidos fines aciagos por culpa del determinismo.


—Lo que importa no es lo que estamos condicionados a vivir, sino el cómo vamos a vivir —suspiró ella—. Si las cosas ocurren, serán a la manera de cada uno. ¿Qué gracia tiene vivir si ya sabemos que todo está decidido?


—¿Crees que estamos por encima de lo que el destino nos tiene reservado a cada uno? —Él soltó una risa, como impresionado por la declaración de Katarina.


—Creo que el destino no existe —dijo ella—. Lo que somos es lo que hemos ido construyendo con los años, hasta el final. Seguramente lleguen días mejores, Harold. —Él permaneció callado por unos segundos y Katarina también.


—La Lealtad Demaciana… Es frágil. Está condicionada, anclada. Los pilares del honor que sustentan este país: Lealtad. Valor. Protección. Justicia… Falacias. Como un hombre encadenado a estos pilares que lo sumergen; agobiado y sin aire… Son esos pilares los que condicionan su existencia. Por eso te ves agobiado, por no seguir un camino autoimpuesto. Y, sin embargo, son esos mismos pilares los que mantienen sujeto a este hombre, inmuto y enajenado ante la inevitable pasividad que está obligado a mantener. La esclavitud que sufre está camuflada con lealtad, sacrificio y honor, ¡pero míralos! —Señaló al salón de baile—. ¿Te crees que la mitad quieren estar ahí? ¿Realmente piensas que todos esos valores se mantienen firmes en sus cabezas mientras fingen delante de personas que ni siquiera conocen? Esta sociedad está completamente desprestigiada: la alta alcurnia demaciana no debería estar compuesta de patanes que se arrojan al puesto, siseo y orgullo. La sociedad se ha dado cuenta de cuán profunda era la charca donde sufrían y han decidido aligerar esas cadenas. Ahora esa lealtad inhibida y ese honor empalagoso los cubren con una máscara de falsedad exacerbada. No… No te has desviado de ningún camino, Harold.


Harold asumió estas palabras mientras la miraba atentamente. La irascibilidad de Katarina se palpaba en el ambiente. Cada vez era más consciente de que su crítica podía ponerla en peligro… Pero se vio desenfrenada cuando tuvo ese momento de despotrique. La sociedad de Noxus prometía capacidad, poder y respeto por medio de la meritocracia: gracias a tus acciones y no a las palabras, podías conseguirte un hueco en las escalas más altas del país. Demacia, en cambio, prometía todo a todo el mundo por igual; pero en fiestas como esta las familias despotricaban y se hartaban sin cesar. Solo verse rodeada de esta gente incluso le provocaba arcadas.


—Quizás aún no lo he encontrado —susurró él lo suficientemente alto como para que ella lo escuchara.


—El camino no se descubre. No hay camino, Harold. Se crea.


Durante un rato, ambos permanecieron callados, el uno junto al otro. Fue, quizás, el momento más tranquilo, más cómodo de toda la noche. Lo sería, sin ninguna duda.



—¿Tienes frío, Catherine? —preguntó él mientras la miraba de reojo, al ver que ella mantenía su mirada fija en los hermosos jardines de la mansión. Ella ya había plantado esta semilla desde que habían dejado de hablar, recogiéndose los brazos. Por supuesto que no tenía frío: Katarina las había pasado peores en sus entrenamientos de pequeña… Y no tan pequeña, de hecho. En recientes incursiones en Freljord, incluso pensó que se congelaría del frío hasta la muerte.


—Sí… un poco —mintió mientras descansaba su mirada en los ojos del chico.

Él ofreció su mano en un acto de valentía.


—¿Te gustaría acompañarme dentro? —dijo mientras conectaba su mirada con la de ella, aunque parecía que en cualquier momento la desviaría por cualquier excusa.


Katarina encontró cómodo este gesto y pensó que después de sus palabras le vendría bien reconectar con Harold.


—Claro que sí. —Ella asintió mientras le daba su mano y, después de sujetarla con calidez y esmero, Harold le ofreció el brazo, que ella con mucho gusto agarró. No solo él se sintió identificado con el pasado de ella… También había ocurrido al revés, de cierta manera. Katarina se sorprendió cuando Harold la llevaba de vuelta a los salones… Pero no se dirigía a la misma puerta por la que salieron.


—¿Adónde me llevas? —dijo ella mientras andaban tranquilamente por el balcón.


—Como dije antes, me sentí verdaderamente mal cuando no te dejé subir al piso de arriba hace un rato. —Harold hablaba como si estuviera flagelándose por ese acto. Cuando llegaron a la puerta, los guardias descruzaron las alabardas de petricita y Katarina se aseguró nuevamente de que su rostro y su cabello no pasaran cerca de las puntas de las armas, para evitar que la petricita repeliera la magia del hechizo que cubría su rostro. Dentro, los nobles se divertían riendo, alzando sus copas y reuniéndose en pequeños grupos. Se podía respirar un aire distinto… Mucho más elitista.


—¿Está aquí tu familia? —intentó averiguar Katarina mientras bajaban los escalones al salón. Su objetivo no estaba ahí.


—La mía y el resto de insoportables… —rió Harold. Katarina vio este momento importantísimo y decidió actuar.


—Si me disculpas, Harold… —Ella deshizo el nudo de su brazo con el de Harold para separarse levemente de él—. Necesito asearme, pero volveré enseguida.


Harold asintió y dejó marchar a Katarina. La miraba mientras ella se deslizaba por entre los estrechos huecos que dejaban los invitados, pero rápidamente fue interrumpido por uno de los presentes. Mientras tanto, Katarina aprovechó este momento para evaluar su situación. Tres salidas distintas y la del balcón. Todas estaban protegidas por dos guardias con sus alabardas de petricita… Menos una. Unas escaleras subían: había poca gente por ahí, pues la fiesta estaba realmente abajo, en el salón. A medida que avanzaba por los pasillos, pudo vislumbrar al final un soldado que parecía bastante aburrido, apoyado contra una puerta. No había nadie más.


—Disculpe… —comenzó Katarina—. Creo que me he perdido.


El soldado levantó levemente su casco y miró a Katarina. En cuanto se separó unos centímetros más de lo necesario de su arma, Katarina llevó una mano a su costado y, en un abrir y cerrar de ojos, rajó la garganta del hombre, que no pudo reaccionar. Agarró al soldado desvaneciente por la hombrera y la puso delante del cuello para evitar que la sangre cayera al suelo y, empujando la puerta, se metió dentro con él. Aún mantuvo la hoja en alto por si hubiera alguien dentro, pero estaba vacío. Ahora la cuenta atrás había comenzado de alguna manera: tarde o temprano encontrarían a ese soldado y la mansión entraría en alerta. Katarina tenía que encontrar a Lacroix y averiguar qué estaba ocurriendo dentro de las cortes demacianas. Se deslizaba por entre las habitaciones, sinuosa, experta en el arte del sigilo, desplegando todo su arsenal de habilidades discretas para cumplir con su cometido. Cuando entró en una habitación, un guarda la vio empuñando el puñal, pero antes de que este pudiera siquiera moverse, Katarina arrojó la daga con una puntería magistral y el arma acertó de lleno en el rostro del soldado; de un salto lo alcanzó y remató la faena. Después de limpiar la hoja, siguió andando…


Así trazó el mapa mental del lugar en el que se encontraba en medio de ese simétrico sistema de pasillos y habitaciones, cuando de repente escuchó un murmullo que venía de una habitación. Se acercó con su daga escondida detrás… Y una figura se interpuso delante de ella. Era una mujer de figura esbelta, finamente ilustrada y elegante, más alta que Katarina. Su corto cabello se recogía discretamente a la altura de su cuello y una capa quedaba sujeta a uno de sus hombros, como si de una clámide se tratase. De hecho, vestía hombreras de armadura, con una flor acristalada como símbolo en el broche que sujetaba la capa de seda color borgoña a juego con su pelo. Más le sorprendió a Katarina el hecho de que portara un florete que descansaba cómodo en su cintura. De entre todas las posibilidades, entre la espada y la pared… Había dado con el peor de los destinos posibles. Katarina se encontraba frente a la cabeza de familia de la casa Laurent. La Estocada Excelsa: Fiora Laurent.


Katarina
Fiora, la Estocada Excelsa. Riot Games.

—¿Adónde se dirige? —inquirió ella con seriedad. Descansaba su mano sobre el pomo del florete. Katarina era rápida… Pero dudaba de si podía responder ante la duelista más peligrosa de Demacia, quien había ejecutado a su propio padre en un duelo y había conseguido el liderazgo de su familia.


—Oh, discúlpeme, dama Fiora… —dijo Katarina mientras hacía una reverencia ante ella. Agradeció haber podido guardar el puñal a tiempo antes de tenerla delante—. Vuestra mansión es… inequívocamente enorme, si me lo permite. Subí unas escaleras que estaban por ahí… Y no encuentro la manera de regresar abajo, al salón. No encuentro ningún guardia al que preguntar… ¡Doy gracias por haberme encontrado con vos misma, si me lo permite!


Fiora permaneció quieta y callada, atenta a Katarina. La tensión se palpaba en el ambiente.


—¿De dónde viene ese broche? —preguntó la anfitriona—. No me suena vuestra casa, señorita…


—Catherine. Catherine Crestfield. Aportamos contribuciones a la destilería Klenil, en los campos de mi señor Durand.


—Escribo a Lacroix a menudo y en sus cartas nunca me ha mencionado a su familia. Sí, diversas aportaciones económicas para desarrollar la producción… Pero las casas nobles de Demacia son, como mínimo, centenarias. ¿Acaso pertenecéis a la más mínima y baja nobleza? Si es así, ¿qué hacéis aquí? Esta sección de la mansión está reservada para otras labores. Si seguís recto por el pasillo de atrás, encontraréis las escaleras que bajan al salón principal…


Mientras Fiora le indicaba, la puerta que se encontraba detrás de ella, desde la que se escuchaban los murmullos, se abrió. El conde Lacroix, ofuscado, salía de su habitación junto con un par de guardias. Katarina sintió un impulso: apenas a un par de metros de distancia, por fin tenía a su objetivo a tiro, una oportunidad de oro. No sabía si volvería a encontrarse tan cerca de él. Decidió confiar en sus habilidades y, en un movimiento casi instantáneo, Katarina arrojó una de sus dagas directamente al cuello de Lacroix. Un chasquido estridente irrumpió en el pasillo, con el entrechocar de la daga de Katarina al vuelo con la punta del florete de Fiora, que desvió el puñal con la punta de su espada, haciéndolo acabar a los pies del conde. «¿Cómo ha podido reaccionar tan rápido?» Apenas tuvo más tiempo para pensar cuando el florete avanzó directo al cuerpo de Katarina. Giró y, por poco, el florete no atravesó su cuerpo, pero cuando intentó recomponerse, otra estocada se dirigió hacia ella. Tuvo que recular mientras veía cómo Lacroix desaparecía por el pasillo y uno de los guardias se quedaba para hacerle frente junto a Fiora. Katarina entendió que la única manera de luchar contra la espadachín era arremetiendo contra ella y acortando la distancia, así que desenfundó dos dagas y se lanzó hacia ella. Fiora se vio obligada a recular y a mantener a Katarina a distancia con su florete, pues lo que menos le interesaba era que la asesina entrara en su rango de ataque. Esto le permitió a Katarina apartarse por el pasillo cuando encontró el hueco y huir de ella, para encontrarse con el guardia y seguir avanzando. Este hizo un barrido con su alabarda de petricita, que Katarina tuvo que esquivar con un salto apoyándose en el arma. Se lanzó rápida contra el soldado y clavó las dos dagas en las hendiduras del peto de su armadura, y este cayó al suelo inerte. Katarina no podía parar de correr, perseguida por Fiora, pero nuevos guardias vinieron por el pasillo.


Katarina
Pasillos y habitaciones. Obra de Brykmann

La voz de alarma ya había sido dada; tenía que darse prisa antes de que fuera demasiado tarde. Se agachó y hundió una de sus dagas en la corva de uno de los soldados y, cuando este se agachó presa del dolor, ella lo utilizó para rodar sobre él y cortar los tendones de las manos que sujetaban la alabarda del otro soldado que se disponía a atacar. Antes de lanzarse a por él, se aseguró de acabar con la vida del primero, que apenas se podía mantener en pie, y terminó con el segundo en un abrir y cerrar de ojos mientras esquivaba por poco el florete de Fiora. Katarina arrojó el cuerpo, aún en pie, del segundo guardia para bloquearle el paso a Fiora mientras seguía corriendo por el pasillo en busca de Lacroix. Cuando giró, tres guardias nuevos iban a por ella y, cogiendo aire, se abalanzó a por ellos. El primero murió antes de que pudiera hacer nada. El segundo tardó en actuar y, antes de lanzar su golpe, Katarina pudo acabar con él. El tercero apenas comenzaba a correr cuando Katarina pudo rajarlo y seguir corriendo. Allá por donde Katarina avanzaba por los pasillos, los suelos se convertían en regueros de sangre.


Llegó un momento en que pudo vislumbrar a Lacroix, así que arrancó de nuevo, segura, con sus puñales cuando, apenas de soslayo, pudo percibir una alabarda que se dirigía hacia ella en un barrido. «¿De dónde ha salido?» Por un momento olvidó que no se trataba solo de un laberinto de pasillos, sino también de habitaciones que ella no conocía. Lo esquivó agachándose hacia atrás y el filo de la hoja pasó a escasos centímetros de su rostro. «Por los pelos». Cuando se recuperó, se dispuso a atacar al soldado, pero los ojos de este se abrieron como platos. Su postura vaciló de repente. Katarina se extrañó por un segundo… Pero enseguida lo entendió: la petricita de la alabarda del guardia refulgía vivamente. Miró en el filo de su daga, que reflejaba su rostro. Vio a la Katarina de pelo rojo y oscura cicatriz que siempre había sido. Ahora sí, ya no había vuelta atrás: la habían descubierto.


Katarina
Katarina, la Cuchilla Siniestra. Riot Games.

Apuñaló al guardia y siguió persiguiendo al conde. Decidió atravesar las habitaciones, en pos de encontrar un atajo que le llevara a Lacroix, pues las escaleras que ella había subido para llegar a este piso eran las únicas en este ala de la mansión. Sabía que el hombre se dirigía a ellas. Cruzó las habitaciones, escuchaba pasos al lado de ella. ¡Cada vez estaba más cerca! Salió de la última habitación y lanzó una daga. Y, como nunca le había pasado, Harold, que ya había cambiado su traje cuando se manchó de vino al encontrarse con ella por primera vez en la fiesta, se encontró con un puñal que le atravesaba el corazón y comenzaba a teñir la camisa de carmesí. Atónito, se llevó la mano a su pecho y le sorprendió encontrarse con una daga clavada allí. Miró hacia arriba y luego miró firmemente a Katarina a los ojos.


—¿Quién sois? —preguntó con voz temblorosa, observando ese cabello rojo como el fuego, esa cicatriz en su rostro. Por momentos era incapaz de mantener el equilibrio, hasta que se golpeó con la pared que tenía detrás. Le fue imposible no toser; un hilo de sangre empañó sus labios. Se agarraba la camisa con fuerza; la daga se encontraba profundamente hundida en su pecho, justo enfilada hacia el corazón. A Katarina le habían enseñado a arrojar siempre con esa precisión tan certera.


—Harold… —musitó ella, acercándose a él dubitativa. La respiración de él se aceleraba, jadeaba con un gorgoteo evidente mientras parecía que por momentos su visión se desvanecía, pero algo le hizo volver por un segundo. Quizás no pudo reconocer del todo su rostro, pero sí sus ropajes, sí sus andares… Y también su voz.


—¿Catherine?


os ojos del chico perdieron su luz y su vida se escapó de una vez. Ahí quedó, tendido sobre el suelo y con la mirada perdida. El conde Lacroix, al final del pasillo, había sido testigo de todo esto. Y cuando miró a Katarina… Juró en su mente encontrarse ante la propia Muerte. Y ahora mismo, la Muerte lo miraba fijamente, con una cicatriz en su ojo izquierdo que palpitaba con furia y desasosiego. Katarina se abalanzó contra Lacroix, pero Fiora nuevamente apareció e intercedió en el envite imparable de la asesina. No podía contra ella, pero tampoco podía permitir que escapara el conde. No podía fracasar en esta misión. No podía… Katarina jugó con sus dagas: las cambiaba en sus manos, las blandía con rabia; Fiora mantenía su guardia impecable, pero inevitablemente reculaba a medida que recibía las agresivas acometidas. Katarina finalmente lanzó una daga que se clavó en la pierna del conde. Un chillido de dolor resonó en los pasillos y llegó hasta el salón de baile, alimentando la catarsis de Katarina. Pero Fiora, imbatida, se abalanzó ahora contra ella empujándola con su florete. Lanzó una estocada a un lado y a otro: no le permitió a Katarina moverse hacia donde quisiera. Contra las cuerdas, Katarina no podía hacer nada y se defendía como podía mientras el conde Lacroix huía cojeando y era acogido por los guardias que acudían a su rescate. Katarina reculó y tuvo que retroceder y, tras dirigirle una mirada al cuerpo de Harold, que yacía inerte sobre un charco de sangre, tuvo que decidir escapar. Mientras era perseguida por la esgrimista, Katarina sintió un nudo en la garganta. ¿Rabia? ¿Impotencia? ¿Decepción? ¿Angustia? Hizo todo lo posible para desviar su mente de estos pensamientos que la acuchillaban como la espada de su contrincante, que, con un paso en falso, podría suponer su destino final. Corrió y se perdió entre las habitaciones, hasta que consiguió perder a Fiora de vista.


Fue de esta manera que Katarina acabó en la misma habitación donde había escuchado a Lacroix despotricar y de la que había salido enfadado. Era un cuarto pequeño, lleno de manuscritos y artefactos que ella no reconocía. No eran artilugios de Piltover, sino mucho más simples y no tan extravagantes. Todo estaba sin montar y desordenado, como recién llegado a la mansión, y cada documento, material y artilugio tenía una pequeña marca con la insignia de la familia Durand. En la mesita central de la habitación había unos escritos y tinta derramada, todo patas arriba. Katarina se acercó a mirar al borde de la mesa y eso le sirvió para calmar su adrenalina… Justo ahora no era el momento de parar tan detenidamente, pero había algo en esta habitación que no cuadraba. Leyó los documentos… Y se quedó de piedra. Mientras agarraba los escritos, se dirigió a una de las cajas que había desperdigadas en la habitación: La Rosa Negra tenía razón en su carta.


Dentro de ellas, pequeñas piedras rectangulares de petricita se amontonaban unas con otras. En el interior de cada una había un agujero del que refulgía una luz. La petricita solo brillaba cuando entraba en contacto con algo… «Magia». Gracias a la petricita y su capacidad para albergar la magia, los demacianos habían creado un sistema de contrabando con estos artefactos que actuaban como «retenedores» de magia. En Valoran, distintas regiones como Freljord, en guerra, o Jonia, gran aliada de Demacia, utilizaban la magia en el día a día. Pero, ante una guerra… Cualquier arma era útil. La información que Katarina acababa de descubrir… Que la valerosa y justa nación de Demacia, siempre tan en contra de la magia y sus capacidades desde las mismas Guerras Rúnicas… Traficando con ella para lucrarse…


Katarina escuchó pasos de nuevo. Cogió los papeles de la mesa y salió por la otra puerta de la habitación. Guardias delante. Dio la vuelta: más guardias. La única opción era escapar por la ventana de la pequeña habitación. Así que cogió aire, tomó impulso y… «Un momento… ¿Qué es eso?» Una gran mancha azul caía en picado desde el cielo, en dirección a la ventana. Katarina pudo agacharse a tiempo bajo la ventana, que estalló cuando el águila de azurita, que merodeaba los cielos desde que llegó a la fiesta, se lanzó contra ella e irrumpió dentro de la mansión, como un rayo que se adentra en la oscuridad. Katarina arrojó una daga al pecho del águila, rebotando contra la armadura que la protegía. La envergadura de las alas cubrió de lado a lado la habitación y Katarina se sintió pequeña y, antes de que el pico del águila la alcanzara, Katarina se arrojó por el alféizar de la ventana en busca de una ruta de escape. Cuando aterrizó en el suelo, la gente ya había arrancado a correr hacía tiempo y el caos se apoderaba de la situación: algo que le beneficiaba enormemente. Se encontraba en el ala oeste de la mansión; la ruta más rápida para escapar era saltar la valla tras los jardines, bajando las escaleras. Sin más preámbulo, se dispuso a correr para llegar ahí de la manera más rápida posible. Quizás por la adrenalina o el caos, Katarina bajó la guardia por un momento… Y un virote de ballesta atravesó su pierna derecha. Soltó un grito de dolor, pero trazó la ruta de la que había venido el virote y arrojó una daga al aire para ganarse unos segundos. Se escudó detrás de una estatua de mármol en el jardín. Con el filo de su daga a modo de reflejo, pudo ver a una soldado que desvelaba su rostro arrojando su capa al suelo. Silbó agudamente mientras apuntaba hacia la estatua.


—¡Ella es la que controla al águila! —musitó para sí mientras el águila de azurita salía de dentro de la mansión para adentrarse en el cielo.


Estaba atrapada. Respiraba rápido, su pierna le dolía, pero aun así podía andar. No obstante, aun pudiendo escapar de alguna manera de los guardias y la ballestera, el águila la perseguiría. Sin opciones, Katarina intentaba pensar de qué manera podía escapar… Miraba hacia los lados, angustiada… Hasta que coincidió con los ojos de un cuervo que descansaba encima de la valla. Un cuervo con seis ojos rojos. «Por fin».


Katarina arrancó a correr desde la estatua y arrojó una daga que chocó al vuelo con uno de los virotes que se dirigían hacia ella.


Katarina
Quinn, las Alas de Demacia a la derecha; junto a Valor, sobre su brazo, a la izquierda. Riot Games.

—¡Valor! ¡Abajo! —gritó la ballestera mientras señalaba a Katarina, y el águila de azurita descendió a por ella fugazmente. Entonces, el cuervo de seis ojos que esperaba a Katarina pronunció unas palabras inteligibles, con voz tronadora, dirigidas al águila de azurita, que cayó contra el suelo, apresada con grilletes mágicos rojizos que nacían de la tierra para mantenerla enjaulada. Katarina aprovechó esto para saltar por encima de la valla y se arrojó fuera de la mansión, mientras la chica de la ballesta se acercaba a ayudar a su animal y los guardias permanecían detrás de la valla, incapaces de ascender.


Katarina huía de la mansión, afligida. En sus manos apretaba fuertemente los escritos que le habían permitido cumplir parte de su misión: todos los registros de contrabando con magia. Pero por otro lado, había fallado enormemente al no haber podido asesinar al conde Lacroix. La Rosa Negra no estaría contenta con esto último. Esto traería consecuencias para ambas naciones. Sin embargo, pese a estos dos importantísimos objetivos que tenía que cumplir Katarina, no podía borrar de su cabeza la imagen de aquel noble con su mano en el corazón, desfallecido en el suelo y que, injustamente, había sido asesinado por alguien que pensó haber conocido, que conoció y que fue la causante de su tan triste final.

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