Gangplank, el Azote de los Mares (League of Legends lore).
- THELONIOUS FOLK

- hace 7 horas
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Antes de comenzar, quisiera hacer una aclaración. Este post contiene la historia oficial y canónica del personaje Gangplank, presente en el videojuego League Of Legends. Sin embargo, está entremezclada con una historia de carácter personal en formato de relato corto creada para reflejar de una manera más creativa y original la personalidad de dicho personaje; a la que he llamado "Historia secreta". Si quisierais ahondar más en la complejidad de Gangplank (o en la de otros personajes) os recomiendo encarecidamente visitar la página oficial de Universo League of Legends para encontrar mucha más información. El mérito pertenece realmente a Riot Games por haber creado un universo tan amplio y espectacular.
Y no solo a Riot Games... Nuestro ex-compañero RUBA ha subido hasta más de veinte posts relacionados con el lore de League of Legends, con una constancia y disciplinas digna de admirar y que demuestra una determinación y amor por compartir su interés por la historia de este videojuego que, sin duda, ha dejado una huella imposible de borrar en el recorrido de Gamotaku. Me dispongo a coger el relevo y con mucha honra llevar esta antorcha en el camino que a todos se nos dispone delante. Sin ti esto no existiría Ruba, muchas gracias por todo.
Y sin más dilación, comienza el relato. Gracias por la atención; y espero que os guste el siguiente escrito.
Flynt agachó la cabeza a escasos segundos de que las jarcias que se sujetaban a duras penas en los flechastes lacerasen su rostro, bajo el clamor de los truenos e incesante lluvia que castigaba al pobre navío que se internaba entre el caótico oleaje que los agitaba de lado a lado. Era de noche, tan intensa y oscura era la penumbra de los cielos que ni las estrellas podían ser testigos de lo que ocurriría bajo aquel mar turbulento. A bandazos el barco se agitaba, temblando por entre las olas como un perro con el rabo entre las patas, los marineros se chocaban unos con otros, el oleaje reventaba contra la obra muerta del navío, como el incesante tormento de un ejército a las puertas de un enemigo indefenso y acorralado. Antes de que pudiera pensar por sí mismo, uno de sus compañeros de cubierta fue golpeado por una de las botavaras que se desprendió de sus cuerdas y se precipitó por detrás del castillo de popa al agua, muy cerca del capitán que aún sujetaba el timón con una fuerza indomable.
– ¡Flynt! – gritó bajo la estridente batería de truenos y mar embravecido que acallaba su discurso. – ¡Te necesito en proa ayudando a McCallan! – Flynt tuvo que aguardar unos segundos para salir de su ensimismamiento, miró hacia arriba a su capitán Credance. El miedo también se había apoderado de él. No era por ese oleaje infernal que los hostigaba. No era por esa tormenta que castigaba al navío sin cesar. Era por la inmensa nave que los llevaba persiguiendo ni se sabe cuánto, parecía ya una eternidad. Un enorme barco de velas negras, mucho más grande que ellos. Con la misma muerte en su mascarón de proa, envaneciendo su auto proclamada naturaleza. El Dreadway. Y bajo su mando…
– ¡Flynt! – interrumpió el capitán sus turbios pensamientos. – ¡Ya!
Bajo la orden, Flynt se puso a correr por la eslora del barco en dirección a proa. Era imposible saber por dónde acuchillaba el viento, o en qué dirección podría uno dirigir las rasgadas velas que a duras penas aguantaban acordadas. Balas encadenadas ya habían volado sobre los palos tronchando los mástiles del navío, el palo de mesana apenas en pie y sujeto milagrosamente por los marineros que aún en cubierta luchaban por no ser castigados por lo que sea que en ese momento los ajusticiara, ya fuera el intenso oleaje, una bala de cañón o una ráfaga de viento que los sacara de cubierta.
Por barlovento, el aire lo empujaba a caer al agua. Por sotavento, fuertes corrientes lo instaban a reunirse con el oscuro océano. Sin embargo, los vientos no eran los dueños del destino de este barco en ese momento. Era lo que decidiera el capitán que se encontraba a manos del timón de aquel monstruoso navío que los seguía desde atrás. A medida que avanzaba por la cubierta, Flynt pudo ser testigo de los verdaderos vestigios de una muerte segura: una cabilla que se había roto por el entrechocar de los útiles del barco sobresalía por el pecho de un marinero que, ya sin vida, tenía la mirada perdida en la más oscura nada que envolvía el barco, como si la mismísima Pesadilla Eterna se acercara con sus afiladas cuchillas para dar fin a estas vidas que intentaban de cualquier manera sobrevivir bajo aquel inesperado infierno. La cofa del barco había caído y se encontraba astillada en la cubierta, zarandeándose de un lado a otro, tablones de madera que se movían de babor a estribor y que hacían trastabillar a los despistados grumetes que desearían no estar ahí en ese momento. Mientras Flynt seguía esquivando poleas, nudos y cuerdas, veía a marineros que habían abandonado toda esperanza en lo material y se arrodillaban junto a los cañones, agarrados a los hierros y ruedas de los mismos, suplicando plegarias con una mano en el pecho y ojos cerrados rezando a sus espíritus y entidades para que les propiciaran un pacífico fin a sus cortas vidas desde que abandonaron las Tierras Primigenias para dedicarse a la mar, deseando entrar al mundo de los espíritus en paz, sin sufrimiento. Flynt llegó al castillo de proa, y junto al bauprés se agarraba fuertemente el segundo de abordo, aquel hombre corpulento que conoció en Aguas Estancadas, calado hasta los huesos de agua, mirando a través de un catalejo de mano. El contramaestre Glenn McCallan.
– ¡Demonios! – gritó mientras intentaba aguzar su visión a través de la lente. Apretó un botón y la lente salió por un lateral, para incorporarse en un pequeño inventario del catalejo. Del mismo sitio salió otra lente que cubrió con su mano, para evitar que las gotas de agua se pegaran al cristal y no entorpecer su visión, y se metió dentro del catalejo por la misma rendija; una lente más cóncava. El artilugio de Piltover había ayudado seriamente a la tripulación desde que habían abandonado Jonia con un propósito enorme. Pero ya tenían en mente lo que sería entrometerse en los mares de las Islas de la Serpiente.
– ¡McCallan! – gritó débilmente Flynt, agarrándose a una de las cuerdas que milagrosamente se tensaba aún contra el bauprés. Ambos estaban solos, el resto de marineros que aún estuvieran vivos o presentes estaban desperdigados por cubierta, un campo caótico de desesperación y gritos. Las náuseas del bamboleo del barco lo debilitaban cada vez más. No era un hombre destinado a la navegación, si no a algo más grande, a portar aquel tesoro jonio que guardaban en los camarotes y llevarlo a Ixtal, aquella tierra que se encontraba al otro extremo de Runeterra, con Aguas Estancadas justo en el medio. – ¡¿Cuándo acabará esta tormenta?! ¡Quizás una vez la lluvia cese…! – Pero su discurso se cortó por la embatada de una colosal ola que barrió la embarcación unos cuantos metros hacia un lateral. Lo viró de lado por completo, y McCallan perdió de vista su objetivo. Ahora, en frente de ellos, la misma Muerte se alzaba delante.

Por entre la oscuridad, solo vieron luces tenues desde dentro del barco que se plantaba delante de ellos. Seriamente era varias veces más grande que su propio navío. Entre El Dreadway y Flynt apenas había unos cincuenta metros, y tuvo que mirar hacia arriba para comprender la inmensidad de la monstruosa nave que tenían delante. Un barco de velas negras: gavias, juanetes y toldillas se entremezclaban negras como un abismo de oscuridad, el navío impetuoso a pesar de su vil magnitud; su mascarón se abría hacia el interior del barco para darle paso a la boca de un gigantesco cañón que asomaba por dentro de la proa, amenazante, destructor de navíos noxianos con una única bala del tamaño de goletas forjadas en plomo y acero. Hacia atrás, barbas de hierro semejantes a tentáculos se extendían por la proa del gigantesco mascarón, y lo que Flynt había pensado que eran simples luces atenuadas provenientes del propio barco resultaron ser unos ojos infernales, antorchas enormes, que arrastraban llamaradas rojas hacia atrás a medida que el navío avanzaba hacia ellos como un depredador que se abalanza contra su presa acorralada. El espolón del barco asomaba desde la línea de flotación como un garfio dispuesto a segar las almas de todos los navíos que osaran interponerse en su camino, salía como la punta de un tridente del mar que quiere empalar madera, hierro y almas. El Dreadway maniobró a estribor para colocarse de lado ante Flynt y la tripulación de Credance, que intentaban escapar de ellos de cualquier manera. Así, Flynt pudo observar aún mejor la estructura del navío. Aún en medio de la penumbra, con el barco delante se podían ver las dos baterías de cañones que los apuntaban como fusiles a punto de sentenciar a unos indefensos prisioneros. Su borda compuesta por grandes y verticales travesaños de madera daban al barco una sensación de cárcel viviente; y alzando un poco la vista pudo observar la maraña de cuerdas, flechastes y velas que se retorcían hacia el cielo, rodeando el palo de trinquete, mayor y de mesana por igual. No vio a ningún pirata a bordo ni a cargo de las velas, la sensación de miedo era indescriptible. Sin embargo, sí que podía oír algo proveniente del navío: risas. Detrás de donde estarían el timón y el castillo de popa, su cuerpo se heló por completo... Un escalofrío le recorrió la espalda, su mano se quedó congelada en la cuerda del bauprés que era lo único que lo mantenía sujeto al barco. Cadáveres colgaban de garfios que perforaban sus pechos, espaldas y gargantas, como si fueran trofeos. Una espantosa visión la que tenía delante, sin duda alguna.

– Intendente McCallan… – musitó: no sabía realmente qué decir ante la pesadilla que se erguía sobre ellos.
Se calló en el momento que se dio cuenta que sobre la borda del Dreadway había grandes balistas, con enormes arpones cargados… Apuntándoles directamente.
Y sin previo aviso, salieron disparados hacia ellos. Las enormes flechas de hierro prácticamente atravesaron el lateral de su barco, un enorme estruendo que los zarandeó fuertemente hasta el punto de hacerlos caer contra el suelo y estrellarse con la borda. Flynt notó un fuerte dolor en la muñeca en el momento que el navío recibió el duro impacto de los arpones contra la madera, pero fue sujetado por el contramaestre cuando estuvo a punto de caer al agua que les golpeaba también por el otro lado. Otro envite cargó contra el barco: más arpones lo acuchillaron, esta vez por la popa del navío, donde se encontraba el capitán Credance. Los cañones del barco se habían soltado de sus amarres y habían llegado libres hacia el centro de la cubierta, los barriles habían rodado por todos lados… Y El Dreadway se alzaba monstruoso frente a ellos, como La Cordera y El Lobo que se ciernen sobre las almas que ya están dispuestas a abandonar el mundo de los vivos. Más allá de los arpones anclados contra el barco, El Dreadway se mantuvo muy cerca sin hacer nada.
– ¡Flynt! – dijo el intendente mientras ambos se ponían en pie. – ¡Bajemos a cubierta! Debemos organizarnos... – murmuraba mientras bajaba las escaleras, Flynt se sujetaba la dolorida muñeca, manteniendo el equilibrio de la mejor manera posible. – Antes que... – Un cuerpo enorme cayó a un lado de ellos. Un pirata más delgado por el otro lado, y otro más.
De repente estaban rodeados. La tripulación del Dreadway había abordado el barco.
Flynt, el intendente McCallan y el capitán Credance junto con su tripulación habían sido puestos de rodillas, uno al lado del otro, en la cubierta del barco. La tripulación del Dreadway era terrorífica. Enormes piratas: el oleaje, pese a que había aflojado un poco desde hacía un rato, parecía no afectarles. Sonreían siniestramente: a algunos les faltaban dientes, otros los tenían de oro, poseían profundas cicatrices en sus rostros. Incluso habían piratas a los que les faltaba un ojo o los tenían vidriosos, probablemente a causa de cuchilladas o heridas graves en sus magulladas caras. Sin embargo, sonreían.
– ¡No nos hagáis daño! – exclamó Flynt asustado. Los piratas se giraron para mirarle y echaron a reír.
– ¿Daño? – contestó uno de los piratas, un profundo acento marcado del oeste, mucho más lejos que Ixtal. Era enorme, oscuro de piel. Tenía tatuajes en todo su cuerpo, incluyendo su rostro, y el pelo afeitado. – Eso… No depende de nosotros, chico. – Dijo burlón, dando a suponer que ellos no tenían ningún poder... De momento. Los piratas se reían los unos con los otros, hasta que un fuerte golpe irrumpió en la cubierta. El cuerpo de una persona que había aterrizado en la salpicada madera del pequeño navío. Poco a poco, los pasos sonaban más cerca: andaba con lentitud, sin prisa.

Gangplank, el capitán del Dreadway, se quedó delante de la tripulación secuestrada. Su cuerpo era grande pero su físico denotaba también fuerza y entereza: llevaba un largo abrigo que cubría su enorme y ancho cuerpo. En su hombro izquierdo, una especie de coraza sobresalía por encima del abrigo, como si fuera una pieza de armadura extraña que no brillaba, con la forma de unas fauces que atrapaban el hombro como si el Kraken quisiera arrastrar al oscuro abismo el brazo del temible pirata. Llevaba un sombrero de ala ancha que se curvaba hacia arriba por los dos lados, su largo bigote se unía con su densa barba que caía hacia abajo hasta llegar a la altura de su pecho. En su mano izquierda, oculta por la manga del abrigo, sostenía una naranja; y en su mano derecha un puñal con el que arrancaba la piel de la fruta con suma delicadeza y destreza. Sin embargo, no le molestaba tirar las mondas al suelo de la embarcación mientras se la comía. De pie, los miraba hacia abajo; su mirada indescifrable mientras quitaba la monda de la naranja con el cuchillo y arrancaba un gajo de la naranja para metérselo en la boca. Lo masticó despacio. Dejó la boca cerrada por unos segundos, para exprimir el jugo y saborearlo, y siguió masticando hasta que finalmente tragó. Entonces, uno a uno, estudió a cada tripulante que tenía ante sus ojos, obviando sin ningún tipo de compasión los cadáveres de aquellos marineros que habían fallecido a causa de los envites de la mar contra la embarcación o que habían sido presas de golpes inesperados de poleas que habían caído desde gran altura propias de los mástiles. Empezó por un lado, con paso lento y firme, deteniéndose el tiempo necesario delante de cada uno para observarlos detalladamente. Mientras se acercaba el capitán, Flynt engulló presa del miedo y la desesperación, y en la mirada del intendente también pudo ser testigo de su pavor. Flynt no conocía a este capitán. El intendente y el capitán llevaban años en la mar: sabían qué demonio tenían delante.
Cuando escuchó llegar a Gangplank, el capitán de El Dreadway, detenerse delante de él, Flynt cerró sus puños atados; no se atrevía a alzar la mirada. Sin embargo, el hombre que tenía delante no se movió, y finalmente aunó fuerzas para mirarlo, presa una vez más del control que el hombre ejercía a todos por igual. Después de unos infinitos segundos en los que evaluó al chico, Gangplank siguió recorriendo la fila de piratas maniatados, y cuando llegó al último, que era el capitán Credance, se dirigió de vuelta al centro. Los miró desde ahí, con una mueca de desprecio, y dejó soltar un profundo soplido. La mar se había calmado significativamente respecto al infierno en el que navegaban antes.
– Que la Madre Serpiente me arrastre a las profundidades si no pensé que vería a unas ratas de borda tan insignificantes como vosotros custodiando un tesoro tan importante para vuestra relevancia tan… Diminuta. – resopló, dirigiendo una rápida mirada a su alrededor, como evaluando también la pobrísima nave con la que estaban navegando por entre sus aguas. – ¿Qué os hizo pensar que podríais navegar sobre mis mares y escapar de mí tan fácilmente? ¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Esperanza? Si acaso... Osadía.
Los maniatados callaron, Flynt desvió la mirada en cuanto sus ojos conectaron con los de Gangplank, que raspaba con el filo de su cuchillo la cáscara de la naranja que aun quedaba sin pelar en la fruta. La acercó a su nariz, para respirar su olor, mientras se quedaba sereno en el medio de todos. Los piratas que habían abordado el barco descansaban detrás de los indefensos, o colgando de las cuerdas o apoyados en la borda del pequeño navío: no decían nada… Sólo callaban y observaban. Esta vez, ninguna sonrisa a la vista de nadie.
– ¿Dónde está? – dijo Gangplank. Refiriéndose al prisma por el que llevaban persiguiéndolos desde hacía ya ni se sabe.
– Trato… – musitó el intendente McCallan. – ¡Podemos hacer un trato! – volvió a repetir, esta vez más convencido. Sabía lo que hacía… Llevaba muchos años en la mar: él sabía que en una situación así se podía permitir la vida de tripulantes a cambio de un saqueo de botín. O incluso un secuestro de la tripulación a cambio de una cifra de dinero. Era una idea genial, dado el contexto. Si las Tierras Primigenias o incluso Ixtal se enteraban de que su tesoro se encontraba en manos de Gangplank, podrían llegar a un acuerdo con él para poder liberar a la tripulación y reclamar su artefacto. Con un gesto casi imperceptible del rey de Aguas Estancadas, uno de los piratas apoyados en la baranda del barco apuntó con su pistola de chispa y disparó a la cara del contramaestre. Sus sesos volaron en todas direcciones, la sangre emanaba de su cara a borbotones mientras caía a plomo contra la cubierta. Un charco de sangre se expandía por el suelo, empapando las rodillas de su tripulación de un rojo intenso. Flynt miró al cuerpo con los ojos abiertos como platos, se quedó inmóvil, boquiabierto y con rastros de sangre salpicados en su cara y ropajes. Incluso había llegado a sus labios: el sabor férreo de la Muerte. De los maniatados, unos dejaron escapar gritos de pavor, quejidos y lloros. Otros plegarias, algunos ni siquiera se atrevían a mirar al cadáver desplomado contra la madera, manchas de orina comenzando a crecer en sus pantalones.
– ¿Por qué debería respetar un trato cuando todos en este mundo somos ratas traicioneras? – dijo Gangplank. – Si algo me ha enseñado la vida… Es que siempre sobrevive el más fuerte. Y no hay segundas oportunidades. Solo vivimos una vez, más nos vale no desperdiciar el tiempo que tenemos. – Decía mientras rizaba y jugaba con su bigote con la mirada perdida en el cuerpo del intendente McCallan, con media cabeza esparcida por la cubierta del barco. – Con respecto a lo de antes… Nunca pregunto dos veces.

Flynt tragó saliva… ¿Debía traicionar a su tripulación y decirle a Gangplank dónde estaba el prisma de Ixtal? No sabía nada de estos piratas que solo cumplían con su trabajo y lo ayudaban a transportar la reliquia, los había conocido en este viaje: no eran su familia. No los conocía... ¿Verdad? Él mismo se encargó de subir el artefacto al barco cuando partieron de Jonia para entregarlo a los Yun Tal, allá en la lejana Ixtal… Sin embargo, la misión era muy importante… Pero su vida… Las dudas se intercalaban en su mente sin parar: su papel en este viaje, los buenos momentos aprendiendo salomas en la bodega del barco cuando viajaban de noche, recién partidos de las Tierras Primigenias; su vida en juego...
Una voz quebrada a su izquierda vibró por entre el resto.
– En los camarotes… – dijo el capitán. – Está en los camarotes… Debajo de la mesa, donde se encuentra la carta náutica. Hay una caja fuerte con una cerradura. Dos… Dos, tres, dos, ocho. – Murmuró con la voz temblorosa. – Es un artilugio de Piltover. Alejaos después de marcar la contraseña. Si os quedáis cerca, disparará una descarga que os paralizará… Luego podréis abrirlo…
Flynt miró a su capitán, que se le había adelantado a su confesión. Sin embargo, pensó para sí… ¿Realmente pensó en traicionarlos? ¿En qué estaba pensando?
Gangplank hizo un gesto hacia la puerta que conducía a los camarotes, y el corpulento hombre de piel oscura shurimeño se internó dentro agachando la cabeza, con otro pirata escuchimizado que miraba a todas partes con un puñal en la mano, su cara llena de cortes pequeños y finas cicatrices.
– Dejadme… Que os cuente una historia. – comenzó Gangplank, sus botas firmes contra los tablones de madera de la cubierta.
Gangplank cayó contra la mar fuerte, notando un seco golpe en la espalda, como si la puerta del infierno chocara contra él para darle la bienvenida al abismo de la muerte. No sabía lo que sentía. No lo sabía, porque sentía demasiadas cosas a la vez. Dolor. Furia. Odio. Venganza… Miedo. Su cuerpo caía flotando en medio de la marea hacia abajo, el agua metiéndose dentro de su ropa, calando su abrigo desaliñado, inundando su cuerpo, filtrándose hasta llegar a su piel, bañando sus heridas, surcando los relieves de futuras cicatrices. Ahí, dentro del agua, mientras caía, miraba hacia los lados. Cuerpos. Cañones. Peces… Su bandera, que se dirigía al abismo. Miró hacia arriba: ahí estaba. Su barco, El Dead Pool. Aquel barco que durante tantos años lo había acompañado… Destruido. Incluso desde abajo se podía apreciar su hermosura... Y su quilla agujereada. El navío que tantas victorias le había brindado, tantas recompensas le había otorgado… A pique. En llamas, dispuesto a una muerte segura. Todo... ¡Todo destruido! Un futuro pecio que marcaría un antes y un después en la historia de la piratería. El momento en que Gangplank, el Rey de los Mares... Había perdido su barco... Su tripulación...
Su vida.
<<Mi presencia… Era sinónimo de muerte y ruina… Destronado… ¡Temido a lo ancho y largo de todo el mundo!… Mis velas negras… Hacían temblar…>> – pensaba para sí. Extendió hacia arriba su brazo izquierdo, queriendo alcanzar mágicamente aquel navío suyo que se perdía en la superficie a medida que él se internaba en la oscuridad del mar...
Un muñón se esgrimía en ristre apuntando hacia las olas, vengativo y repugnante… ¿Cuándo había perdido el brazo? Un rastro de sangre emanaba siseante de su brazo, como una serpiente que escapa reptando por entre los recovecos de unas invisibles rocas ante las afiladas garras de un halcón que la acecha desde los cielos. Con el rabillo del ojo pudo vislumbrar una figura alargada que lo rodeaba… Atraída por el férreo sabor de su vida que se escapaba por momentos. Pero él no podía apartar la vista de su barco, que ardía en la superficie, con su palo mayor tronchado por encima de la cubierta y asomando por debajo del agua. No podía apartar su mirada de los barriles de la bodega que flotaban en la superficie: sus recursos echados a perder, sus tesoros mucho más abajo que él, perdidos para toda la eternidad. No podía apartar su mirada de las jarcias y cordajes desatados que se enmarañaban y se precipitaban al oscuro abismo que se hacía cada vez más grande tras sus espaldas, como la noche sumiendo el mundo en unas oscuras tinieblas sin luna ni estrellas.
Ante sus ojos, su vida entera pasó de largo fugazmente. Toda aquella fortuna amasada tras innumerables saqueos, abordajes y pillaje… Y aquellos enemigos que forjó al igual que dinero, recompensas y botines consiguió. La masacre al templo del Cuchillo Dentado en las Tierras Primigenias y la cólera de su Orden de la Sombra desde las orillas… La conquista y soberanía del imponente Leviatán, la fortaleza de hierro marítima del Gran General noxiano cuyos dientes rechinaban desde el mismísimo Bastión Inmortal, jurando desde la bahía que él mismo pondría fin a su miserable vida…
Quizás no sería así. Quizás su vida se apagaría hoy mismo, en unos instantes. Bajo su navío abrasado por el caos, bajo fuego y azufre; como si un mismo Dios hubiera decidido poner punto y final a todas sus fechorías y actos de piratería, bajo sentencia divina.
Tantas veces lo habían perseguido. Tantas recompensas por su cabeza y su tripulación. Y ahora… Se acabó. Pudo ver a sus piratas hundidos en el agua… Estacas asomando de sus cuerpos, irreconocibles, rostros lacerados por la metralla de las baterías de cañones de esa joven pirata… El rostro de aquella mujer… Llenó de ira esa sed de venganza de Gangplank que no hacía más que crecer… <<Sarah Fortune...>> redundó su mente...
Cuando hace años Gangplank asesinó a sus padres con las mismas pistolas que ellos fabricaron, cuando después disparó a la niña y la abandonó entre fuego y muerte... Ella clamó venganza.
Y había llegado el día. Este había sido el día.
¿Que supondría para Aguas Estancadas saber que su rey… Que su invencible Azote de los Mares… Había sucumbido ante sus andanadas de hierro? ¿Ante su persecución? ¿Que su barco se había ido a pique tras sus resquicios de venganza personal? ¿Que toda la tripulación, incluido su capitán, se había perdido en el fondo de las tinieblas del océano, para no volver nunca más a la luz? ¿A la tierra?
Gangplank cada vez se alejaba más del mundo conocido… Se internaba metro a metro al fondo del océano, las tinieblas lo envolvían. Juró vislumbrar unos tentáculos luminosos que venían de lo más profundo. Que entraban y salían del alcance de su visión. Unos brazos espectrales que venían desde abajo, más lejos, más oscuro. Lo envolvían, agarraban su cuerpo, apretaban sus piernas y su cuerpo… Lo sujetaban. Ahí, en el fondo del mar, entre balas de cañón hundidas, cuerpos masacrados de su tripulación, y un ansia de dolor y odio. Entonces, al ver que todo era oscuridad a su alrededor; le recordó a su interior. A ese momento en que cerramos los ojos y no vemos nada más que a nosotros mismos: afloraron las emociones, los pensamientos... Los instintos.
Gangplank miró hacia arriba.
<<No…>> musitó para sí. <<¡No!>> repitió.
Entonces braceó hacia arriba. Alzó también el muñón del que se desangraba y una nube roja se extendía detrás de él, como una larga capa de vida que se agarraba a su espalda con el valor de luchar una vez más por existir. Agitaba con fuerza sus piernas mientras nadaba hacia arriba... En ese momento se dio cuenta de que los tentáculos no lo estaban arrastrando hacia abajo. No lo estaban aprisionando. Se dio cuenta de que fueron una cama: un lugar de reposo, para impedir su descenso.
La única manera que tenía de seguir su camino… Era nadar hacia arriba.
<<Sarah…>> pensaba para sí mientras apretaba con fuerza los dientes, nadando con un solo brazo hacia arriba. No era el momento de morir. Aún no. Se mordió el labio y sangró, pero tenía tanto odio, tanta furia dentro de sí… Los tentáculos desaparecieron debajo de él, y se internaron en la sima profunda de oscuridad bajo sus pies. Los ojos de Gangplank estaban inyectados en rabia, en dolor, en furia... Pero por encima de todo… Había algo que estaba por encima de todo esto. Había algo que ya había llegado a la superficie y lo esperaba tendiéndole la mano, aquella que sería la salvadora de Gangplank, como una Virgen que desciende del reino de los cielos y ofrece un manto sagrado para ayudar a su elegido penitente. Aquella que guiaría sus pasos, aquella que se encargaría de cuidarlo y protegerlo.
Aquella que lo guiaría de nuevo a la grandeza... A su trono.
Venganza.
Gangplank tenía la mirada perdida. Había terminado la naranja hacía un buen rato, su mano izquierda reposaba ahora descansando contra el pomo del sable enfundado en su cinto, oculta bajo la lluvia y la manga de su abrigo.
– No hay… Segundas oportunidades. – dijo Gangplank mientras apretaba la mandíbula fuerte, sus músculos tensos que se notaban a pesar de su densa barba. Su nuez de Adán subiendo rápidamente para bajar de nuevo. Así se quedó durante unos minutos, callado; y el resto de la tripulación, tanto los suyos como la que tenía arrodillada a sus pies, respetaron el silencio: nadie se atrevió a interrumpir ese momento de ninguna manera.

Así es que emergieron de los camarotes el gran hombre shurimeño y el escuálido pirata lleno de cicatrices en su rostro. El primero llevaba una caja que a sus manos parecía más pequeña de lo normal; cuando se acercó a Gangplank y se la tendió, este tardó unos segundos en reaccionar, como si estuviera inmerso en un lejano recuerdo que lo ataba aún con cadenas invisibles al eterno pesar del pasado. Finalmente, se dio la vuelta y abrió la caja: dentro estaba el prisma de Ixtal. Tenía la forma de un giroscopio, y dentro del artilugio un prisma iridiscente que relucía con distintos colores pese a la poca luz que había en la cubierta del barco, giraba a un ritmo lento pero sin una dirección fija.
– Llevadlo dentro. Y traed barriles. – sentenció Gangplank. Había un ligero cambio en su tono de voz. Cuando llegó a la cubierta tras el abordaje parecía verse más… Sereno, tranquilo y experimentado. En esta ocasión se le notaba un poco más… Tenso. Como si haber contado esa historia lo hubiera… Alterado. Nadie se atrevió a combatir su orden, por parte de su tripulación. Ni nadie se ofreció a plantearle otra oferta para cambiarle de opinión, por parte de la otra.
Así fue que varios piratas de Gangplank treparon por las cuerdas de los arpones que anclaban ambos barcos para internarse en El Dreadway. Eran enormes lanzas de hierro cuyo grosor se equiparaba al cuerpo de una persona grande, más largos que el tamaño de un humano, atravesando la madera del barco como si para un puñal un costado se tratase. Los piratas se asían de las cuerdas mientras pendían sobre el mar sin miedo a un posible capricho de los vientos que los arrojaran a las profundidades del mar oscuro que los observaba juicioso desde abajo. Los barriles que mencionó Gangplank fueron fuertemente atados a cuerdas que, por medio de poleas, fueron siendo depositados en la cubierta del barco que había pretendido escapar de las fauces del rey de Aguas Estancadas.
Gangplank pasó sus dedos por encima de uno de los barriles, arrastrando lo que parecía ser polvo, y después de frotarlo entre las yemas lo llevó a su bigote, debajo de su nariz. Respiró profundamente: resultó ser que no era polvo, sino algo mucho más peligroso.
– ¿Sabéis cuáles fueron unos de mis primeros pensamientos después de resurgir de las profundidades, tras mi hundimiento? – preguntó retóricamente. – Todo aquel que ose cuestionar mi reinado… Lo llenaré de pólvora y explosiones. – Se giró.
– Por favor… – musitó el capitán Credance, al fondo de la fila, arrodillado. – Ya le he dicho dónde estaba el artilugio… ¡Déjenos vivir! – imploró sin mirarlo a los ojos… Su mirada reposaba en el charco de sangre de su intendente. – ¡No gana nada para usted si nos masacra! Al menos… Déjenos en nuestro barco, a la deriva. Raje nuestras gavias… Arranque nuestro timón si le complace, suelte la cadena del ancla y que repose en el fondo del mar… ¡Pero por favor, ya ha conseguido lo que quería! – decía el capitán, humillado ante el rey de los piratas de las Islas de la Serpiente. Gangplank lo miraba hacia abajo.
– ¿Que no gano nada? – dijo mientras lo estudiaba ligeramente. – Miedo... Temor. Respeto. ¿Y vos se considera un… capitán? – musitó con cierto desprecio. – ¿Y su tripulación? ¡¿Dónde está su honor?! – le replicó.
Credance engulló su pavor. – No podemos hacer otra cosa… ¿Acaso no es suficiente reconocer que no podemos hacer nada ante vos? – esta vez sí alzó la mirada, pero no desafiante.
– ¡Esto no tiene nada que ver con el honor! – Flynt aunó sus fuerzas para destacar encima de Gangplank y el capitán Credance. Todas las miradas se tornaron hacia él. Gangplank se dirigió hacia Flynt con paso seguro hasta colocarse delante.
– ¿Disculpa? – preguntó, sorprendido e incrédulo por el desafío.
– El capitán Credance tiene razón… Ha conseguido lo que quiere. ¡No hay ninguna necesidad de que se plantee nuestra supervivencia! ¿Qué derecho tiene a decidir si vivimos o morimos? ¡Déjenos marchar!
– Rata inmunda… – Gangplank escupió al suelo. – ¿No habéis prestado atención siquiera a la historia que os he contado? – Apretó su mano izquierda resguardada contra el pomo de su sable. – ¡No hay segundas oportunidades! Idiota recalcitrante... Habéis fracasado, y habéis intentado algo muy osado… Negar mi voluntad. ¡Ceñíos a vuestras consecuencias!
– ¿Segundas oportunidades? – contestó de vuelta Flynt. – Usted mismo lo ha dejado en bandeja cuando contaba su historia. Fracasó… Fue hundido y derrotado. Destronado… Y se le otorgó una segunda oportunidad… La Madre Serpiente… – Gangplank cortó su discurso bruscamente y se inclinó hacia él.
– Yo ya estaba rebanando gargantas y hundiendo galeras noxianas mucho antes de que tú empezases a mearte en los calzones, muchacho… No te conviene provocarme. – Amenazó Gangplank, la voz del capitán Credance luchando por asomarse ante la acalorada confrontación.
– Flynt… No… – comenzó, pero en seguida se apagó.
– Usted se aferró a ella… A esa nueva oportunidad que se le dio. – Le replicó Flynt a Gangplank. – ¿Por qué no lo ve así? ¿Qué necesidad hay de ser tan… Tan exigente? ¿Con vos mismo?
Gangplank calló por unos segundos y estudió al muchacho. Entonces se dio la vuelta, en dirección a la borda. Sus piratas lo acompañaron.
– Incendiad el navío. – Dijo Gangplank sin mirar atrás, agarrando una de las cuerdas con su mano derecha; mirada puesta en El Dreadway que tenían delante, su navío. Pero Flynt se aupó para clavar una rodilla en la madera manchada de sangre… Y acabó poniéndose de pie para alcanzar al capitán. Sus manos maniatadas luchaban por separarse.
– ¡Contésteme! ¿¡Qué necesidad de…?!
Y, entonces, Gangplank se dio la vuelta hacia él. Su mano izquierda salió de las sombras para apresar la cabeza de Flynt. Sus dedos metálicos aprisionaron sus sienes como una jaula de barrotes fríos al tacto. Las gotas de la lluvia corrían por entre los destellos metálicos de su brazo que se perdía en la oscuridad a medida que subía hacia el hombro. Era fuerte y rígido, sus piezas de acero forjadas la una con la otra creando una extremidad exageradamente dura y poderosa… Mucho más poderosa que la de un brazo humano. Los dedos de hierro se cernían sobre la cabeza de Flynt, y lo apretaban duramente a sus lados y por detrás… Flynt pudo ver ahora lo que no vio desde que Gangplank había subido a la embarcación: ira y venganza, inyectadas en sangre en los ojos del Azote de los Mares que tenía delante. No podía mover la cabeza, se sentía encerrado, aprisionado bajo sus garras. Era muy fuerte, dejó soltar un quejido de dolor mientras intentaba sujetar con sus manos débilmente el brazo metálico del pirata. Los hierros comenzaron a clavarse cada vez más en su cabeza, y entre toda la lluvia que le caía encima, pudo notar un hilo de sangre que le corrió por una de sus sienes, surcando su mejilla y cayendo por la barbilla como una lágrima de dolor y sufrimiento, teñida de un rojo pálido ante la situación tan terrorífica que estaba viviendo. Cada vez dolía más. Gritó fuertemente, su garganta se desgarró... Pero Gangplank apretaba más fuerte, notó un dolor verdaderamente intenso… Notó un crujir en su cabeza… Cada vez dolía más… No podía gritar, no podía… Pensar…
Gangplank aplastó la cabeza de Flynt y el cuerpo cayó completamente inerte contra el suelo, el agarre del capitán estrujado hasta el punto que no había ningún sitio por donde asir al chico. Los sesos del intendente McCallan no fueron los únicos que acabaron desperdigados por la cubierta del barco que se dirigía a Ixtal.
– ¿Necesidad? – repitió Gangplank, con sangre en su rostro, no parecía importarle lo más mínimo. Miraba el cuerpo del chico en el suelo, sin cabeza. – La exigencia es lo que me llevó a construir mi imperio. Y lo que me hará encontrar a esa pirata y acabar lo que ella empezó. Lo mío no fue una segunda oportunidad... Fue mi cólera la que me sacó de la misma muerte. Fui yo… – Pausó su discurso brevemente, como intentando tranquilizarse. – Los hombres muertos no cuentan cuentos.




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