Udyr, el Caminante Espiritual (League of Legends lore).
- THELONIOUS FOLK

- 19 jun
- 25 min de lectura

Antes de comenzar, quisiera hacer una aclaración. Este post contiene la historia oficial y canónica del personaje Udyr el Caminante Espiritual, presente en el videojuego League Of Legends. Sin embargo, está entremezclada con una historia de carácter personal en formato de relato corto creada para plasmar al lector la personalidad y contexto de dicho personaje en un ambiente y situación propia; a la que he llamado "Historia secreta". Si quisierais ahondar más en la complejidad de Udyr (o en la de otros personajes) os recomiendo encarecidamente visitar la página oficial de Universo League of Legends para encontrar mucha más información. El mérito pertenece realmente a Riot Games por haber creado un universo tan amplio y espectacular. También se han usado imágenes cuyos artistas han sido etiquetados en cada una de ellas; todo el mérito de las mismas va dirigido a ellos.
Y sin más dilación, comienza el relato. Gracias por la atención; y espero que os guste el siguiente escrito.
Que por un río corre la culpa.
A medida que Brynya se internaba en la arreciante ventisca, afiladas astillas de hielo volaban a diestro y siniestro alrededor de ella, peligrosamente cerca de su rostro. Fuertemente agarraba su abrigo de lana de elnuk y lo apretaba contra su tez, dejando únicamente una delgada y fina línea de visión; algo que empeoraba aún más el pobre escenario que se plantaba delante de ella: nieve a todos lados, en el suelo, sobre las rocas y cubriendo los desnudos árboles. Nunca se había adentrado en una ventisca como esta, nunca esperó encontrar el bosque de esa manera; como engullido por un miedo aterrador vestido de una capa nívea que abrigaba con avaricia y temor lo que la vista alcanzaba a ver, como si tuviera miedo que cualquier cosa que escapara de su abrazo adquiriera color. Todo cuanto rodeaba a Brynya estaba cubierto de un blanco más claro que la luz, pero teñido de una inconfundible y borrosa capa de incertidumbre que ante sus ojos se desplegaba como un mar de dudas. Todo menos el rastro que ella misma seguía delante de sus pies.

Se acuclilló para acercarse a la roja mancha que reposaba sobre la gruesa capa de nieve… Se veía seca. Un escalofrío recorrió la espalda de Brynya: el frío y la agresividad de la ventisca no hacía más que aumentar, cada vez más y más; y eso no era una buena señal. A este paso, si no encontraba a su presa, la nieve la cubriría por completo en caso de muerte… Sin darse cuenta podría no darse cuenta y pasarla de largo. Incluso su propia vida podría estar en juego. En el Sur de Freljord las ventiscas no eran tan agresivas como las del Norte, pero en este país… El frío siempre estaba presente, acechando. Testigo.
Con su otra mano, apretó fuertemente el arco con el que había disparado al Ciervo de Astas Doradas, Kkulayn, y se puso en pie. La herida no había sido del todo certera: el fuerte viento de la ventisca había desviado la flecha por apenas unos centímetros, y no había resultado ser un disparo letal. Brynya acabó poniéndose en pie de nuevo, y notó un leve crujir en sus rodillas. El frío castigaba. Era imperativo que encontrase a la presa y volviera a la tribu cuanto antes, si no quería convertirse ella en la presa del invierno o de algún famélico garra salvaje merodeando por entre las lindes del bosque, hambriento y desesperado igual que ella para ahondar en una feroz ventisca como en la que se encontraba.
Así que no le quedó otra que seguir caminando. A su izquierda, bajo los pequeños taludes cubiertos de nieve, serpenteaba el río congelado por el que, siguiéndolo montaña arriba, podría volver a casa si se perdía o si al fin podía regresar. Pero no lo haría hasta que por fin pudiera llevar la preciada cornamenta a su tribu, y obtener su gran merecido respeto.
Caminó siguiendo el rastro de sangre, cada vez más evidente, montaña arriba, hasta que se encontró delante de la entrada de una cueva. Era un agujero enorme, pero por culpa de la odiosa ventisca que seguía empujándola hacia atrás, no había podido ver el boquete en la montaña hasta que lo tuvo delante de sus narices. El rastro de sangre, esta vez un poco más fresco que en la propia intemperie rodeada de nieve, la conducía a ella directa a su interior… >> ¿Quizás la guarida del ciervo? ¿Una cueva? >>

Su duda se vio interrumpida por un agonizante berrido que provenía de su interior. Sin lugar a dudas, el Ciervo de Astas Doradas Kkulayn se escondía dentro. Así que Brynya echó una mano hacia su cinturón, detrás de su espalda, y sacó el puñal de su vaina. Por fin podría mancharlo por primera vez con la sangre de su primera víctima, como marcaba la tradición de su tribu… Y no sería otra que con Kkulayn, el Dorado. Aún no se lo creía. Su mente ahuyentó preguntas peligrosas: la guarida de un yeti, un cubil de garras salvajes. No; le cegó su anticipación, como si un espectro llamado vanidad encerrara sus ojos desprovistos de cualquier inseguridad acaramelando su tan ansiada grandeza. Sin embargo, a medida que se adentraba en el interior de la grieta, las dudas comenzaron a tamborilear fuertemente su corazón, cada vez más rápido: pasó de un ambiente lleno de luz y blancura a una oscuridad tenebrosa; sus ojos tardaron en acostumbrarse al sombrío lugar. Sin embargo, con el puñal fuertemente apretado en su mano, se acercaba ese gran momento en que tantas veces pensó que llegaría cuando se cubría bajo las sábanas de su cama, habiendo escuchado las burlas de sus compañeros exploradores y de caza que se reían de ella por no haber cazado aún un mísero conejo. Ese día al fin había llegado, aquel que tanto deseaba… Esperaba encontrar a Kkulayn moribundo, esperando su golpe final… La vida de Brynya cambiaría para siempre, trayendo a su tribu los cuernos de Kkulayn. Ella…
Trastabilló con una roca que no fue capaz de ver y la pendiente se volvió escurridiza. Cayó al suelo y se deslizó por una rampa resbaladiza hasta que se desplomó con fuerza en un suelo húmedo, cubierto de barro. Asustada, empuñó el cuchillo hacia delante dispuesta a combatir cualquier amenaza que se dispuesiera a abalanzarse contra ella en su estado de sorpresa… Pero nada se acercó a ella. Es más, ahí abajo sí pudo oír algo que finalmente rompió el silencio de la cueva desde que escuchó el bramido de Kkulayn, cuando entró en el inhóspito agujero. Dio unos pasos adelante, y se encontró en frente de un gran recinto dentro de la cueva. En el centro, una hoguera levantaba las llamas al centro del claro, un calor que atraía a Brynya de una manera cálida y generosa, incitando a que se rebujara en el sonriente clamor del fuego que la invitaba a sentarse junto al fuego para darle esa tranquilidad y respiro que necesitaba desde que se vio envuelta y rodeada de frío y carámbanos de hielo con nada alrededor que le pudiera garantizar un mínimo de seguridad. El suelo estaba cubierto de pieles, y por las paredes podía ver utensilios de supervivencia, así como botas para beber, ropajes gruesos y de lana gruesa… Un refugio, estaba claro. Alrededor de la hoguera se encontraban situados tótems. Eran parecidos a los que había en la casa del chamán de su tribu, allá oculta alejada de las viviendas de su hogar. Cada uno tenía una forma tallada en la madera de los mismos, un carnero, un oso, un ave.
Su inspección se vio interrumpida por un creciente grito proveniente del interior del salón… Justo detrás de la hoguera. Brynya miró a un lado y a otro y se acercó a una roca cercana para poder ver mejor de cerca…
Kkulayn, el ciervo de astas doradas, estaba tumbado en el suelo. Tenía el tamaño de un elnuk, un búfalo de las nieves; con patrones dorados recorriendo sus pezuñas que subían por sus patas y hacia el lomo, su cuerpo entero: finas y herbáceas ramificaciones que terminaban todas en su cornamenta que se dividía en unos cuernos enormes y majestuosos, como un río que comienza su solitario camino en el pico de una montaña y termina llevando sus afluentes a la bahía de un mar que se abre ante él, extendiéndose con miles de brazos al océano para reunirse con la infinita linde de agua. Estaba tumbado y jadeaba: de su morro salía un vaho derrotado, y a escasos centímetros de su corazón se hincaba una de sus flechas de la que emanaba un hilo de sangre que manchaba el patrón dorado que recorría su pecho y caía por su cuerpo, manchando las pieles que protegían el suelo. Reposaba su cuello cómodamente sobre el regazo de un hombre corpulento, sentado en el suelo junto a él. Era un hombre grande, y con extremo cuidado acariciaba el lomo pincelado de vetas doradas del enorme ciervo que yacía moribundo a sus pies. Sus brazos eran fuertes, y estaban decorados de tatuajes azules que formaban distintos patrones que recorrían sus gruesos antebrazos, subían hasta sus hombros y desembocaban en unos amplios pectorales, que ascendían y bajaban al ritmo de una respiración sumamente tranquila. Su pelo era largo, como desaliñado, recogido en alguna que otra rasta o trenza y adornado con una pluma azul. Su rostro, lleno de vello facial, era sereno, pero a la vez parecía tener un tono agresivo… Era muy difícil de imaginar qué pasaba por la mente de aquel hombre. De su cuello pendía un gran collar que llegaba a la altura de su pecho. Su torso estaba completamente descubierto, sólo vestía un harapiento pantalón cubierto de lana y reforzado con placas de metal en sus rodillas… Alrededor de su cintura, lo sujetaba un cinturón adornado de grandes cuentas como si de un rosario se tratase, y del que pendían dos enormes trenzas. También colgaba de él un cuerno por el que beber.
– ¿Por qué estás aquí, cazadora? – musitó sin apartar la vista del ciervo de astas doradas, Kkulayn, que respiraba con dificultad a su lado. – ¿Tan famélica te encuentras, que te internas en la ventisca? – su pregunta parecía más bien retórica… Aunque Brynya contestó igual.
– No tengo hambre. – Musitó ella, mirando con desconfianza al hombre, que parecía "custodiar" a su presa... – No estoy aquí por comida… – Miró al ciervo. – Sino por sus cuernos. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? – Apretó fuertemente el mango de su cuchillo… Se sentía bien dentro de la cueva, quizás porque era el espacio más seguro en el que se encontraba desde que se decidió enfrentar al frío… Pero estaba inquieta, atenta. Alerta.
El ciervo Kkulayn dejó escapar un gorgoteo… Había llegado su final. Entonces fue que el hombre resopló y acercó una de sus manos al morro del ciervo, y comenzó a acariciarlo.
– Gakk, vinr minn. – Recitó en voz baja. Unas danzantes motas de color azul comenzaron a emanar de sus labios, acercándose al rostro del animal. Los ojos del hombre se tornaron azules, adquirieron un brillo propio, mágico. Sus manos cubrieron los ojos del animal; emanando también un ligero brillo azul. – Um fjöllin hvít ok… æðr heljarþver. – Después de pronunciar estas palabras, el legendario ciervo de astas doradas, Kkulayn, murió. De su boca emanó una fuente de luz que mezclaba varios colores: azul, dorado, blanco… Se escapaba con el ansia de querer descubrir un nuevo mundo.
– Eres… Un chamán… – musitó ella. El hombre apoyó con muchísimo cuidado y respeto la cabeza de Kkulayn en el suelo. – Un caminante espiritual.
Así fue que el caminante espiritual se acercó a esta fuente de luz que salió del cuerpo de Kkulayn y comenzó a moldearla con las manos. Pese a su enorme tamaño y corpulencia, se movía grácil, con pasos firmes, mientras recorría la periferia de la hoguera susurrando palabras extrañas. – Esa lengua… – susurró Brynya mientras observaba la escena. – ¡Es freljordiano antiguo!

– Endurføðing... – susurró mientras amasaba el alma del ciervo. El tótem con forma de águila resplandeció luminoso mientras una parte de la masa informe se despegaba para internarse dentro. – Óslitin stormr… – Mediante un golpe seco y feroces bandazos, una parte del alma se desgarró y acabó dentro del tótem con forma de oso, los ojos de la madera resplandecieron por un segundo azulados. – Heimili… – suspiró volviendo a la calma, y lo que quedaba del alma de Kkulayn terminó por acabar dentro del tótem con forma de carnero; sus cuernos retorcidos hacia atrás brillando ígneos con el fulgor de las llamas de la hoguera. Él siguió bailando alrededor del fuego, y cada uno de los tótems expulsaron por sus bocas talladas los fragmentos del alma para ofrecérselos a los fuegos de la hoguera. Cada una de las partes giraba, bailaban una hermosa danza con las llamas que crepitaban entre los chasquidos de la leña que no hacía más que avivar el momento. Poco a poco fue que el alma comenzó a formarse de nuevo, cada vez más y más… Hasta el punto de alcanzar el aspecto de un ciervo. Brincó dentro del fuego… Y se desvaneció.
Después de un profundo suspiro, el hombre parecía buenamente satisfecho pese aunque mantenía un semblante serio.
– ¿Quién eres? – Con apenas un murmullo que ni siquiera formó eco en la cueva, Brynya preguntó con una mezcla de intriga, sorpresa y curiosidad. Había oído historias en su tribu, acerca de caminantes espirituales. Eran chamanes elegidos por los espíritus que nacían bajo las lunas de sangre, bajo los fríos inviernos que tenían lugar en la región de Freljord. Se podían comunicar con ellos: eran un nexo entre lo salvaje y lo sobrenatural; podían hablar con plantas, animales… Todo lo que tenía un alma. Pero nunca había visto nada igual. Algo como aquello.
– Udyr. Mi nombre es Udyr. – dijo mientras desenganchaba el cuerno de su cinturón para llenarlo de hidromiel.
– Mi nombre es Brynya… – contestó ella aún con el cuchillo en la mano, aunque ahora incluso temblorosa.
– ¿Y qué quieres hacer con ese cuchillo? ¿Robarme? – dijo irónico señalando lo que había a su alrededor. Brynya desvió sus ojos por un segundo al cuerpo del ciervo dorado, que yacía muerto en el suelo. Udyr se fijó en esto.
– Vengo a por los cuernos de Kkulayn… – dijo con voz temblorosa.
– ¿”Kkulayn”? – repitió él. – Ese no es su nombre. Ni siquiera sabes pronunciar su verdadero nombre… O puedes. – Se sentó al lado del cuerpo del ciervo. – Le conozco desde que era una cría... Siempre viene cuando la ventisca azota estas tierras. – Miró su cuerpo que descansaba en el suelo. – Venía… – suspiró.
– Kkulayn solo aparece durante las ventiscas más fieras… En mi tribu… – El hombre alzó el cuerno y cortó a Brynya, sorprendida.
– Es solo una leyenda. – Dijo él. – Así lo hacen todos los de su especie… No has viajado por otras partes de Freljord. Aquel al que tú llamas Kkulayn… No es único. Es solo que no has visto suficiente nieve. – Bebió un profundo trago. – ¿Crees que llevar a tu tribu unos cuernos te cambiará la vida, avarosana? – le reprimió el caminante espiritual, despectivo. – Aunque no lo creas ahora, quizás te traiga incluso más problemas.
– ¡Obtendré el respeto que merezco! – Se escudó Brynya.
– ¿Respeto? ¿Por un par de huesos? No dejes que el dorado te ofusque, niña… – reprimió Udyr severo. – No ganarás nada. El motivo de su muerte es el que es. Fue y ya no es. Vuelve a la ventisca y regresa a tu gente con las manos vacías, si es que no pereces bajo el azote del invierno. – Sentenció Udyr mirando a Brynya por encima del hombro. – ¿Por qué crees que vino a este recóndito agujero? Solo quería purificar su alma antes de partir, por su repentina muerte a manos de una idiota que se desvive por el orgullo. ¡Ve a casa!
– ¡No me iré de aquí sin esas astas de oro! – chirrió Brynya.
– Terrible cabezota… – musitó Udyr mientras echaba un par de ramas a la hoguera para avivar las llamas, inquieto. – ¡Me estás desquiciando por esta tontería! No profanes su cuerpo… Yo me encargaré de él.
– Es Kkulayn, ¡es una bestia legendaria! – replicó ella alzando la voz. – ¡Yo llevaré esos cuernos a mi tribu! – se inclinó hacia delante con el cuchillo en mano. Udyr se interpuso y dirigió la palma a su pecho.
– ¡Vete! Antes… Antes de que…
– ¡Apártate! Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí… Cortaré las astas y… – Udyr se cayó al suelo hacia un lado, dejándole el camino despejado a Brynya para llegar al ciervo. Esto sorprendió a la cazadora, que lo miró de reojo y se paró para observarlo.
Udyr se llevó una mano a su cabeza, como dolorido… Dejó escapar un gemido de angustia, y se hizo una bola en el suelo. Brynya se acercó con cuidado aún con el puñal en mano, preocupada por el estado del caminante espiritual que se desgañitaba hecho un ovillo cerca de la hoguera. De repente, el rugido de un oso retumbó en el interior de la cueva… Proveniente del mismo Udyr. Este se incorporó y parecía incluso más grande que antes, su espalda ligeramente encorvada y sus ojos brillando de un azul rabioso. Mostraba su mandíbula apretada y dientes chirriando los unos con los otros; gruñía feroz. Sin embargo, lo que más sorprendió a Brynya fueron los fuertes brazos de Udyr… Aquellos tatuajes azules estaban totalmente cubiertos de un aura mágica que los hacía brillar, como una energía que fluía entre los mismos y desembocaba en sus manos, terminando en unas afiladas garras etéreas que sobresalían por encima de sus propios dedos.

Antes de que pudiera reaccionar, Udyr se abalanzó sobre ella, pero gracias a su pequeño tamaño con respecto al caminante espiritual se pudo colar por debajo y escabullirse detrás de unas rocas de la cueva. Pero ocurrió algo que no esperaría jamás: de un fortísimo zarpazo, Udyr cercenó la roca como si un cuchillo afilado se encontrara frente a un trozo de carne, y los pedruscos se desplomaron al lado de Brynya, uno golpeando fuertemente su hombro y haciéndola caer de lado. Arrinconada, sacó hacia delante su cuchillo y entre gritos y tajos intentó alejar a la bestia que tenía delante… Pero no fue necesario. El mismo Udyr dio otro visceral grito que resonó por entre los recovecos de la cueva y volvió a hacerse un ovillo en el suelo, su tamaño parecía ahora más pequeño, como antes. Las etéreas garras que sobresalían de las manos de Udyr retornaron hacia su interior, y el color azul de sus brazos volvió a sus tatuajes para perder brillo, hasta convertirse en el humano que Brynya había conocido. Jadeaba, lleno de sudor, y solo una palabra salía de sus labios.
– Valhir… Valhir…
Había pasado un rato y Brynya había rodeado su magullado hombro con una venda que el caminante espiritual, ya en sus cabales, le dio. Su tez llena de arrugas y marcas mostraban su rostro fatigado por aquel fatídico arrebato que lo había vuelto completamente loco. Ambos se sentaron alrededor del fuego, el miedo tirando de Brynya hacia atrás, pero su intriga hacia delante… Con la lógica y la duda en el medio no sabiendo hacia dónde dirigirse, si hacia fuera de la cueva recién herida y sufrir el frío de la ventisca, perdida entre la nieve; o dentro de la cueva con un caminante espiritual desatado en su interior. Udyr parecía perdido, y comenzó a hablar.
– Por entre las montañas del Norte me encontraba, escalando los fiordos de Freljord con mis manos desnudas y una fe inconmensurable. Y allí me alzaba yo, entre los picos. Siguiendo el lento repicar del martillo del Dios de la Forja que tamborileaba en mi pecho desde que inicié el viaje. Cada vez latía más fuerte, cada vez más presente dentro de mí. Que así lo cuentan los cantares de antaño, mucho antes que tú y yo viniéramos a este mundo: “Allá donde el tiznado humo se arremoline desde la propia montaña y los vientos soplen entre valles vacíos; cuando los claros cielos se tornen grises, sabrás que te aproximas a Ornn”.
Había como una expresión de nostalgia en su rostro. La crudeza de sus vivencias se veía reflejada en sus ojos, como si ahora mismo estuviera sintiendo lo que narraba. – Sentía la necesidad de llegar a Donde el Martillo Repica allá donde fuere… Y por entre las montañas me encontraba. Frío, escarcha invernal que castigaba mis huesos, y oh que por mi seguiría hasta que encontrara el fin del camino. Y ahí los pude ver, niña. Entre la lucidez y el febril caos de mi mente, estaban ahí. Como caminante espiritual, te puedo asegurar que los vi. El Dios de la Forja, Dios del Hogar, con su yunque y martillo, cada golpe suyo sacudía las montañas. Te aseguro que mis piernas temblaban tanto ante sus incesantes castigos que no tuve otra que arrodillarme ante la guerra que se mostraba delante de mi. Que entablaba una pelea infernal contra Valhir. La Ruina. El Rugir del Trueno. La Gran Tormenta. Aquel que se alza. El oso de las Mil Cicatrices de Vorrijaard, la antigua Freljord; con sus garras enormes capaces de cercenar ejércitos enteros, férreas voluntades, capaces de sosegar vanguardias inquebrantables… Que ahí estaban ambos, arquera avarosana, más grandes que las propias montañas, enmarañados en la simiente nublada del caos iracundo, que a mis ojos parecía imposible de presenciar… A los semidioses de Freljord pongo por testigos que lo que yo presencié con estos ojos fue algo inaudito. Allí, entre los picos más altos de la Cordillera del Norte Invernal, allí entre los níveos taludes que se precipitaban a las interminables blancas laderas de las montañas más frías de Valoran… Allí entre ventiscas, los truenos centelleaban y gritaban "¡VALHIR!" como látigos de luz, y un profundo retumbar sacudió los cimientos de la tierra… Valhir se enfrentaba al Fuego Bajo la Montaña.
– Que mis ojos lloraban lágrimas que se congelaban al caer a la nieve. – La voz del caminante espiritual vibraba con temor. Su transformación le había traído este recuerdo de una manera totalmente viva y cercana. – ¡Y cómo lo recuerdo!… Ese par de ojos del Gran Oso… ¡De La Ruina! Clavados en mí… Grabados a fuego en mi piel…

– Desde entonces, el espíritu de Valhir ha intentado adueñarse de mi conciencia. De mi ser… Como caminante espiritual, Él haría un gran uso de su poder. ¿Sabes, arquera? Los semidioses no pueden influir aquí, en lo físico… Pero sí que pueden tener poder. Y fuerza… Y esta proviene de la fe que les es profesada por parte de sus discípulos. ¿Sabes por qué no comulgo con las ideas de Valhir? ¿Del Oso de las Mil Cicatrices? ¿Del Rugir del Trueno? Porque sus acciones implican caos y destrucción, Tormenta Encarnada. Un semidiós no debe gobernar en toda Freljord. Es la constante lucha de todos, lo que permitirá a Freljord sobrevivir. El eterno combate que debe perdurarse entre todos los semidioses, la incesante batalla que dicta la propia naturaleza… ¡El conflicto es lo que trae el equilibrio a Freljord! Él está siempre al acecho. Con su astucia, aprovecha mis debilidades, mis defectos, mi poder. Pero yo siempre estoy peleando contra sus envites y necesidades. ¡No dejaré que me arrebate el control de mi mismo! Te debo pedir disculpas… Arquera. Lamento mucho lo ocurrido. – Brynya había estado atenta desde que Udyr empezó a hablar, y se dio cuenta que el hombre hablaba con entereza, pasión, miedo y esperanza… Una amalgama de emociones que también la conmovió a ella. Se dio cuenta que mientras había estado contando esta historia, el caminante espiritual apretaba con fuerza una de sus muñecas, reforzada con una venda que no cubría ninguna herida.
– ¿Qué es esa venda? – preguntó Brynya con curiosidad y respeto.
– Hace mucho tiempo vino a Freljord un monje ciego. – Udyr la miró, sus ojos brillaron por un segundo. – Se corrió la voz de que mis poderes como caminante espiritual eran especiales, y me encontró. Decía que necesitaba domar el poder del espíritu de un dragón que ardía en su interior. Nos conocimos durante un tiempo, combatimos, entrenamos… Y me llevó a sus tierras lejanas, aquellas llamadas Las Tierras Primigenias. Jonia. Allí se encomiendan también a los espíritus… Pero de una manera muy distinta a como lo hacemos los freljordianos, vinculados a la magia. Comprendí que la armonía e interdependencia que se maneja allí… No es la que trae supervivencia a estas tierras tan duras y frías. El conflicto da lugar al cambio y más importante, al crecimiento. El clan de Avarosa con el que comulgas propone algo imposible, arquera. No se puede unificar un reino basado en la armonía de todos y la unión pacífica. Es inevitable que se originen conflictos y dudas. El cambio y el crecimiento son necesarios.
– ¿Pero qué sentido tiene depender de la injusticia para sobrevivir? – rebatió Brynya.
– ¿A qué te refieres? – contestó él después de unos segundos.
– ¿Y si una tribu no puede continuar adelante? ¿Y no tiene que ver con ningún conflicto? ¿Y si no tienen a nadie cerca que les pueda ayudar? ¿Y si mueren por hambre? ¿Causas naturales, cómo mencionabas tú antes a la naturaleza? ¿Que mueran por no estar adaptados es lo justo? ¿Y si eso se puede evitar mediante la acción y el derecho mutuo? – ella pretendía convencer a Udyr de que la Ley de Avarosa era justa y formal.
– Esto no es Demacia, avarosana. En Freljord, vives o mueres. Así lo dicta el frío sempiterno de las tierras del Norte. – Apretaba la venda del monje con fuerza. – Esta venda no solo me recuerda que siempre debo mantener mi propio control… Su dueño me dijo que se la entregara en el futuro cuando hubiera podido por fin aprender a controlar mis miedos, mis duelos. Me ayuda a recordar que nosotros siempre estamos expuestos al conflicto. A problemas. Y siempre tenemos que enfrentarlos para salir adelante. Solo así, podemos progresar. Cambiar. En la sangre de los freljordianos reside esa necesidad de conflicto constante para perpetuar y promover el cambio… La evolución. En este país siempre ha sido así.
Brynya se mantuvo en silencio, como digiriendo sus palabras. Unos minutos de calma reinaron en la cueva de Udyr, el fuego crepitaba único desde el centro de la hoguera, como inquieto; pequeños haces de luz que nacían y desaparecían de vez en cuando en medio de las llamas, como coquetos y curiosos niños que se asoman por la rendija de una puerta, interesados, para luego salir corriendo presas del miedo.
– Apenas tenía tu edad cuando toda mi tribu pereció bajo el hielo negro de la Guardia de Hielo. Se deslizaban como espectros por entre las estigias laderas blancas, oscuras manchas que irrumpían en el orden blanco de la nieve, como un cielo claro abriéndole paso a una bandada de vencejos que se hacen hueco irrumpiendo en las corrientes del aire, que las atraviesan y usan para avanzar; con armaduras de color oscuro, retorcidos picos asomaban por encima de sus hombros y pliegues de sus petos, y sus rostros ocultos me aterraron hasta el punto de huir… Hasta que me encontraron. ¿Niña, qué querían de un pobre chico que sollozaba recogido entre la nieve? ¿Presa de una masacre tal que solo el miedo bastaba para llevárselo con los espíritus? Y ahí estaban… Dispuestos a terminar de erradicarnos. Cerré los ojos y apreté los dientes, aceptando mi cruel destino. Cuando los abrí, todos yacían en el suelo: gargantas abiertas, cuerpos aplastados… El pánico de mi rostro había cambiado de dueño: mientras yo me preguntaba cómo habían acabado así, sus caras yacían desfallecidas junto a la nieve con un miedo que permanecería congelado para el resto de la eternidad, atrapados en un frío que mantendría sus semblantes quizás para siempre. Y marcas de garras atravesaban sus petos de hielo negro y sufrían los troncos de árboles cercanos que también habían acabado en el suelo. Rocas del montículo que cubría mi pequeño cuerpo y que usé para protegerme al principio, ahora desplazadas metros hacia delante, sepultando guardias de hielo como si huyeran de una abominación insaciable en busca de ira y sed de sangre. Así deambulé, sin hogar, sin nada, durante años. Bendiciendo a los dioses por otorgarme recursos para sobrevivir: pequeñas presas, agua que corría por los ríos que descendían de los fiordos… Y siempre le agradecía a los dioses…
Udyr se inclinó para beber un poco de hidromiel de uno de sus cuernos. Acercó uno a Brynya pero esta lo rechazó incluso formalmente, con ansias de seguir escuchando la historia del caminante espiritual
– Fue un día… – prosiguió Udyr. – Que mientras vagaba por entre los fríos caudales de la Vaguada de los Arroyos Blancos, escuché gritos de auxilio. No recordaba siquiera cuánto tiempo había pasado desde que me abandoné a mí mismo y me alejé de toda aldea para vivir en las cuevas y los bosques; pues siempre evitaba a la gente. Pero aquellos gritos sonaban iguales que los míos cuando era pequeño, cuando más ayuda necesitaba, y me crearon curiosidad. Recurrí a los espíritus de los bosques y acabé con el garra salvaje que los tenía arrinconados, a aquellos cazadores de una tribu de los Garra Invernal. Y ellos, niña, me llevaron a su aldea. Había olvidado lo que era el gentío, el ruido de las armas tintineando, las risas de los niños corretear, las subastas entre las propias cabañas. Ahí conocí a su comandante, quien me presentó a su hija… – El rostro de Udyr mantenía su mirada fija en el fuego, como absorto en sus pensamientos. Sin embargo, la calidez de su rostro al recordar, parecía apaciguar todo rastro de ansiedad y descontrol que tenía de antes. – A Kalkia le enseñé cómo vivir en el bosque: a combatir el frío y manejar la supervivencia. A ser independiente, fuerte. Ella me enseñó a vivir entre la gente… Y a amarla. Ó, mín kæra Kalkia… – Susurró en freljordiano Udyr con melancolía.
– Una manada de lobos hambrientos y enfermos rodeó el campamento. Llevaban varios días dando vueltas, distantes pero siempre atentos; sitiando la aldea por distintos recovecos en busca de algún niño despistado o grupo de cazadores. Pero ese día, los lobos decidieron cruzar esa línea invisible, y entraron en el campamento. La espuma salía de sus bocas por entre los dientes, como enjaulada detrás de unos barrotes que habían cohibido su libertad hasta el día que se les presentase la oportunidad de devorar aquello que tuvieran delante. Ya sabes cómo son los lobos de estas tierras, cazadora… Son lobos grandes, fuertes… Y si están hambrientos, uno vale por dos. – Udyr paró de hablar por unos largos segundos. – Ese día… La locura, el hambre y la enfermedad de esos lobos… Hicieron mella dentro de mí. Como caminante espiritual, les podía escuchar. Podía sentir su voracidad, su necesidad de supervivencia. Me acallé a mi mismo, combatí en mi mente contra su imperiosa ansia de devorar… Pero no pude frenar, niña, esas sensaciones. Cuando volví en mí, me encontraba en otra cabaña. Detrás de mí, había destruido todo lo que se encontraba delante mío: chozas, puestos… Y delante, la imagen de un niño traumado al ver una bestia delante de él en vez de un hombre. Kalkia y su madre Hejian tuvieron que recurrir al Hielo Puro para frenar mi desatada sed de hambre que ya se había calmado una vez los lobos habían muerto y mi mente se había esclarecido; y para frenar las heridas en el pobre chico que, sin piernas, yacía ante mí presa del pánico. – Udyr echó unos polvos rojos al fuego. Las llamas subieron hacia el techo de la cueva en un fogonazo repentino. Brynya se asustó y se echó hacia atrás, pero Udyr se mantuvo e hizo un gesto con las manos, se dejó caer contra el suelo. – Fui exiliado, y abandoné la tribu de Kalkia regresando a las montañas; pues no quería hacer daño a nadie que estuviera a mi alrededor. Incluso cuando ella venía a verme, yo siempre la instaba a que se fuera, antes de que le hiciera daño. Y así dejó de venir, cuando su madre falleció y ella tuvo que ocupar su lugar. Rompió mi exilio y me permitió volver, pero aun así me negé… Por eso me sorprendió cuando vino a buscarme aquel monje ciego… Creyendo que yo sería capaz de enseñarle cómo controlar a su dragón interior. ¿No vio acaso que yo no era nada más que un despojo incapaz de controlar su propia mente?... Fue entonces que ya nunca más volví a ver a Kalkia, después de que ella perdonara mi exilio y yo rechazase acudir a la tribu. En su lugar, varias veces vino a verme con los años la nueva comandante de la tribu de los Garra Invernal, de pelo lacio, recogido en una larga trenza, muy parecida a ella, a lomos de un jabalí drüvask de largos colmillos y férrea piel. Aquella a la que apodan La Furia del Norte: su hija, Sejuani. Por ella y su sangre vago entre las montañas, apoyándola al margen, defendiendo sus ideales y demostrando que la manera que tiene Freljord de salir adelante es mediante el tratado de sus conflictos, su interiorización y que su causalidad es el motor del cambio.

Brynya miraba a Udyr con suma atención, presta al detalle, al mayor entendimiento de su discurso.
– Siento mucho haberte hecho perder el control. – confesó la arquera avarosana. Alzó la vista, y pudo observar los daños por las garras espectrales del caminante espiritual que hacía un rato habían cercenado hasta los más recónditos huecos de la cueva, estalagmitas milenarias desperdigadas por el suelo convertidas en piedrecitas que se extendían por el suelo, como estrellas variopintas en un cielo nublado. Kkulayn, el ciervo por el que ella había entrado a la cueva y por el que vino a recoger sus astas, había pasado a un segundo plano. Se encaminó a pronunciar las siguientes palabras, pero algo le impidió abrir la boca, quizás presa del miedo o de la incertidumbre por lo que había presenciado, masajeando ligeramente su hombro.
– Habla… Adelante… – suspiró Udyr, sabiendo hacia dónde se dirigiría esto.
– ¿Por qué no confías en Ashe? – le fue imposible no mencionar a su líder política con admiración, después de escuchar la historia del caminante espiritual. – Es la viva imagen de Avarosa. Lidera el Norte… Su plan de unificar Freljord… ¿No crees que sería lo mejor para todos? Imagínate si... – Preguntó ella, viendo que quizás la vida de Udyr no hubiera sido tan complicada si las tribus hubieran podido ayudarse entre sí como ella comulgaba. Pero algo le ató un nudo en la garganta. – Solo quiero hacerte ver que ella se esfuerza por unir todo el país por un bien mayor. ¡Todos merecen ser atendidos!
– Esa mujer ha crecido en una cuna que no conoce el verdadero frío, a pesar de controlar el Norte de Freljord. Déjame hacerte una pregunta… Viniste aquí por sus cuernos, ¿verdad? – Señaló al cuerpo del ciervo. Ella asintió después de unos segundos. – Por reconocimiento. Orgullo. Quieres ser vista, en tu tribu. ¡Quieres ser importante! Eso está bien… Pero y si te dijera que aquellos que te marchitan, aquellos que te ocultan por ser una incompetente… ¿Y si te dijera que ellos también merecen ser escuchados? ¿Digno de respeto? ¿Y si te dijera que ellos hacen bien en molestarte, ningunearte, aislarte de tu gente? Yo ya lo hice, conmigo mismo; por el bien del resto. Créeme, eso no es unión. – Udyr se movió en su sitio.
– Lo que tu líder avarosana cree que este país necesita, es que todo el mundo tenga hueco en esta vida, y ese un ideal hermoso. Pero inalcanzable en un país donde en cualquier esquina, la muerte acecha detrás de la nieve. Ya sea un garra salvaje, un cazador azotado por el Mal del Hielo, o una tribu enemiga. Lo que ofrece la Garra Invernal, Sejuani… Es algo mucho más directo y menos maravilloso en la mente de todos. Es aceptar que en la vida hay que pelear, comprender que en nuestro camino surgirán injusticias y que si no lidiamos con ellas, deberemos perecer, así como dicte la naturaleza. Mientras que los avarosanos queréis un bien común, utópico e ideal; los Garra Invernal del Sur queremos que Freljord se mantenga como siempre ha sido… Supervivientes del frío y de nuestros propios medios. Que nuestra fuerza dicte el camino de nuestras vidas… Que nuestra voluntad nos guíe, y que lo que tenga que ocurrir… Así sea. Ni más, ni menos. No ser ayudados cuando no lo necesitemos, para buscar pesquisas y engaños; entramados políticos basados en débiles alianzas que debiliten la moral y favorezcan el descontento… Séase, que cada uno libre sus propias batallas, gestione sus conflictos internos… Y se plante ante la naturaleza como uno más. Es el ideal utópico frente a la misma realidad que es.
Brynya dejó escapar su aliento mientras perdía su mirada en el fuego. Las palabras de Udyr hicieron mella dentro de ella, pese a pertenecer a un clan totalmente diferente. Así permanecieron juntos un rato en la cueva, hasta que el ruido de la ventisca de fuera comenzó a amainar, pues los aullantes vientos que se metían dentro dejaron de llegar como la brisa de la primavera que huye frente al calor radiante del sol que se planta majestuoso sobre los cielos una mañana de verano. La arquera movió el brazo: ningún dolor más allá de una pequeña molestia por un arañazo que se había hecho al deslizarse por el suelo, cogió su arco y lo levantó y no hubo ningún problema en manejarlo.
– Sigue por la vaguada al Norte de la cueva, después de la pequeña arboleda que hay al frente. – Mencionó Udyr, que se levantaba. – Encontrarás el río congelado que sube casi hasta los fiordos. – Ella asintió. – Sí, lo he tomado de referencia mientras perseguía al ciervo. – Se preocupó de llevar todo consigo antes de partir, y comenzó a subir la pendiente que, al amainar la ventisca, ya no estaba tan resbaladiza en la entrada. Miró atrás. – Adiós.
Udyr vio cómo abandonaba la cueva. Fue un rato después cuando se dio cuenta de que “ciervo” no era la manera que ella tenía de referirse al animal que yacía dentro de su refugio. Cogió unos polvos azules y los arrojó al fuego de la hoguera, y danzó alrededor de ella, un ritual de buen augurio para Brynya y su retorno a la aldea.

Brynya pudo contemplar un hermoso paisaje blanco que se extendía delante de ella: todo aquel camino que había recorrido hasta llegar a la cueva había estado oculto bajo la incesante nieve que caía cuando perseguía al ciervo durante la ventisca. Ahora una linde imaginaria separaba una arboleda de pinos blancos frente a las lejanas cordilleras del Norte, donde Udyr había viajado hace años cuando le habló de sus viajes. Hizo caso a su consejo y bajó el talud que alzaba la cueva en la escondida meseta y, tras atravesar la pineda, encontró la vaguada que había tomado como referencia: un río que seguía congelado y subía hacia arriba. Claramente, sus huellas ya no estaban ahí: ahora dejaría unas nuevas, siguiendo el camino contrario de vuelta a su aldea. No volvería con las astas doradas que se había prometido encontrar. Quizás sería más importante lidiar con sus problemas cuando llegara de una manera menos… Ideal.




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