Katarina, la Cuchilla Siniestra: primera parte (League of Legends lore).
- THELONIOUS FOLK

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Antes de comenzar, quisiera hacer una aclaración. Este post contiene la historia oficial y canónica del personaje Katarina, la Cuchilla Siniestra, presente en el videojuego League of Legends. Sin embargo, está entremezclada con una historia de carácter personal en formato de relato corto creada para reflejar de una manera más creativa y original la personalidad de dicho personaje, a la que he llamado Historia secreta. Si quisierais ahondar más en la complejidad de Katarina (o en la de otros personajes), os recomiendo encarecidamente visitar la página oficial de Universo de League of Legends para encontrar mucha más información. El mérito pertenece realmente a Riot Games por haber creado un universo tan amplio y espectacular.
Y, sin más dilación, comienza el relato. Gracias por la atención y espero que os guste el siguiente escrito.
Lealtad a puñales
Solo una noxiana como tú es capaz de demostrar un servicio de tal lealtad al Trifarix.
Tu misión va a constar, fundamentalmente, de dos objetivos. El cómo los ejecutes lo dejamos a tu disposición, pues tu eficacia en tus dotes es digna de admirar.
El primero será asesinar al conde Lacroix, de la familia Durand, que acudirá a la residencia de la casa Laurent. Durante meses hemos estado falsificando documentos acerca de una supuesta familia demaciana de bajo renombre que está haciendo diversas aportaciones a una destilería que este mismo conde regenta. Lacroix Durand es uno de los principales regidores de su familia, cuyos ascendientes han labrado la petricita en Demacia para combatir la magia durante generaciones. Creemos que su muerte podría suponer un duro golpe en territorio enemigo y que nos permitiría usar la magia contra ellos de una manera más segura y eficaz.
Tu segundo objetivo será reunir información acerca de supuestos casos de corrupción recientes dentro de las cortes demacianas. Espías nos aseguran que está ocurriendo algo extraño entre las familias aristocráticas y los bajos fondos que controlan ciertos sectores del pueblo demaciano. La casa Laurent, donde acudirás, siempre se ha mantenido al margen de todos estos asuntos políticos, pero ten cuidado con su cabeza de familia. Recientemente, se cobró la vida de su padre durante un duelo para obtener el liderazgo de su casa. Averigua más acerca de ellos y qué tienen que ver con todo esto.
Junto con este sobre, encontrarás un broche que deberás llevar en la fiesta para dejar claro tu estatus y poder pasar desapercibida. Ya nos hemos encargado de que aparezcas en las listas de invitación. También habrá junto a esta carta una piedra de obsidiana. Le hemos imbuido un hechizo que permite cambiar las facciones de tu rostro, por si alguno de los presentes reconociera tu cabello o cicatriz. Quema esta carta una vez la hayas leído.
Confiamos en ti, Katarina. Noxus y el Trifarix cuentan contigo: «La fuerza por encima de todo».
La Rosa Negra.
Katarina dejó la carta encima del tocador poniendo los ojos en blanco al leer el lema de Noxus, acostumbrada a estas teatralidades histriónicas y astutas de LeBlanc y sus embaucadoras dotes de manipulación, que a ella ya no le hacían el más mínimo efecto. En el escritorio, la carta escrita con una letra magnífica y pulcra reposaba ignorada sobre la madera al lado de una piedra redonda de obsidiana y aquel broche mencionado anteriormente. Ella se miró al espejo y recogió su larga melena roja, acicalándola con cariño mientras recorría arriba y abajo los mechones como con nostalgia, incluso melancolía. ¿Se había labrado un nombre tal que el mundo huía de ella solo por reconocer su pelo? Enseguida espantó de su mente esos pensamientos cuando comenzó a trenzar intrincadamente su pelo por detrás, en forma de red, y a adornarlo con alguna que otra cuenta para dejarlo medianamente fijo y seguro, en caso de que durante su misión se viera involucrada en alguna pelea y tuviera que tener cuidado de que no se le enredara. Mientras se miraba al espejo, no pudo evitar desviar la mirada hacia su ojo izquierdo. Una larga cicatriz se extendía de arriba abajo por el lateral de su rostro, salvándose el ojo por algún milagro que ella aún no conseguía explicar. Si no fuera por aquel cabello de un rojo tan intenso y reconocible… Ella sabía muy bien que un asesino no tenía que pensar en la gloria ni en el reconocimiento. Solo en los resultados. En parte, agradecía la perla de obsidiana que LeBlanc le había enviado junto a la carta, que le ayudaría a pasar desapercibida, pero también le enfurecía el hecho de tener que ocultar su verdadera identidad. Esa atención merecida pasaría desapercibida como una gota de agua que cae sobre un río… Esa fuerza que Noxus siempre ha respaldado en su meritocracia basada en los hechos y en las acciones… Para ella no se aplicaría ninguna de las normas que defendían en su tierra.

Después de retocar su maquillaje, tocó con su dedo índice la piedra de obsidiana que reposaba en la madera del tocador: una nube de color oscuro y dorado que salió de la perla comenzó a arremolinarse alrededor de su mano, alrededor de su brazo… Hasta que llegó a su cuello. De ahí comenzó a subir y ella pudo ser testigo en todo momento, a través del espejo, de cómo su melena roja se convertía en un color rubio casi platino, desde su flequillo hasta las puntas, y de cómo la piel de su cara mantenía el finísimo maquillaje que había preparado para la fiesta, pero, mientras el humo oscuro y dorado subía por su tez, este ocultaba la cicatriz de su rostro hasta hacerla invisible. La que se encontraba delante del espejo ya no era la asesina Katarina Du Couteau, la noble noxiana hija de aquel legendario general de Noxus. Era un engaño vestido de una menuda y aristocrática chica demaciana que se había preparado para su primera fiesta en una casa noble demaciana. La guinda del pastel era aquel broche que descansaba en el tocador: un par de alas extendidas hacia arriba y, en el centro, una pequeña tiara con una estrella sobre ella; la mayor chorrada imaginable, en opinión de Katarina. Pero no era ella quien elegía este tipo de conveniencias en sus misiones.
—Idiotas… —suspiró ella mientras se colocaba el broche en el vestido
Era la guinda del pastel antes de que saliera por la puerta para dirigirse a la carroza que la llevaría a la casa Laurent, donde llevaría a cabo los objetivos que aparecían en la carta: el asesinato y el espionaje. Se echó hacia atrás para contemplarse por un momento y comprobar que no hubiera ningún fallo: sus tacones eran finos y no muy altos. No es lo que una asesina llevaría puesto la noche en que mataría a un conde en territorio enemigo, pero Katarina era especial; no le suponía ninguna desventaja, incluso le podrían servir como arma, dependiendo de la situación. Y además, una noble siempre lleva tacones. Ya que parte de la fiesta sería en los jardines de la casa Laurent y parte sería dentro, en los salones de baile, buscó un vestido elegante pero totalmente discreto que la hiciera pasar desapercibida y, teniendo en cuenta la moda demaciana, se esforzó en buscar una pieza que no llamara mucho la atención y que a la vez le permitiera moverse con gracia y facilidad. Era de color verde oliva y estaba abierto en la cintura, lo que le permitía caminar libremente y, pese a estar ceñido a la cintura, poder moverse sin que la tela le supusiera algún problema. En la pierna que permanecería oculta al andar, un cinto rodeaba su muslo resguardando un puñal y tres pequeñas dagas que se ocultaban bajo la ropa, discretas y sin que sus formas se entrevieran en relieve alrededor de su pierna. Por la cintura escalaba el vestido que, por detrás, se abría y dejaba su espalda al descubierto. A los lados, como arbotantes de una catedral, dos finísimas dagas se ocultaban debajo de la prenda y se escondían mágica y silenciosamente. El vestido ya otorgaba unas hendiduras naturales por las que esconder y sacar las dagas cuando fuera necesario. Por delante, el vestido se abría y dejaba al descubierto un escote sincero que no era nada escandaloso, pero que, por culpa del dichoso broche, atraería alguna que otra mirada. Hacia arriba subían dos tirantes del vestido que se ceñían alrededor del cuello y lo sujetaban por delante, para que este no cayera hacia abajo. El cuerpo entrenado de Katarina no la obligó a llevar un corsé para realzar sus proporciones y, además, lo incómodos que eran le impedirían actuar rápidamente si su misión se torciera por cualquier agente externo que pusiera en peligro la misión. Cortaban la respiración, se sentían apretados y no dejaban a una moverse libremente. Katarina no los necesitaba. Su cintura ya era estrecha de por sí y el vestido cumplía con su función. Su maquillaje, por otro lado, había quedado espectacular; adornó sus mofletes con pintorescas pecas que le daban un toque más exótico y juvenil a su rostro y, muy cuidadosamente, prestó atención a sus ojos, ya de por sí grandes y bonitos, para realzarlos un poco más. También, pese a que el hechizo hacía la mayor parte, tuvo que retocar el lado de su ojo izquierdo donde la cicatriz atravesaba su rostro, para que el maquillaje no se sintiera demasiado pesado solo en un lado de su cara. Todo esto chocaba enormemente con sus asesinatos previos y misiones anteriores en las que no había hecho falta tanta preparación previa. Ella siempre había sido más clara y directa, nunca había tenido que armar tanto jaleo: un objetivo, un asesinato. Punto final. Adecuarse a la precisión a la que ya estaba bien acostumbrada y nada más. Para eso había entrenado tantos años durante su infancia. Pero dejó a un lado sus cábalas mentales y se abrazó a sus ideales: servir al Imperio, demostrar su más profundo y arraigado ideal: «La fuerza por encima de todo».
Con esto, Katarina se dirigió a la puerta. Fuera, la carroza que LeBlanc y los acólitos de La Rosa Negra le habían prometido se encontraba justo delante, con un mayordomo que le ofrecía entrar con la puerta abierta.
—Señorita Crestfield.
Nada más que su falso apellido, ademán de invitación para subir al vehículo. El hombre educadamente ofreció su mano para ayudarla a subir y ella la aceptó refinadamente. Debería mantener una fachada muy excelsa y eminente si quería escabullirse entre la nobleza demaciana hasta romper filas y llevar a cabo la misión. Katarina era la asesina más despiadada y eficaz de Noxus. De nuevo lo demostraría asesinando a un conde en sus propias tierras.
Cuando Katarina llegó a los jardines de la casa Laurent, no pudo evitar sorprenderse ante tan precioso lugar. Un enorme rosetón relucía vivo y esplendoroso en el centro de la gran mansión de los Laurent: una gran rosa acristalada como la vidriera de una catedral, que realzaba la personalidad de la familia demaciana.

Estaba claro que, pese a coexistir varias casas nobles en el mismo reino, cada una intentaba destacar por encima de la otra, como bien dicta el código aristocrático. Además, los jardines habían sido preparados para la ocasión: innumerables rosas de distintos colores reinaban por entre los setos como arcoíris que danzaban entre sí y que organizaban los jardines como pequeños laberintos, decorados en las esquinas y escaleras con puestos y servicios de mayordomos y sirvientas que, con solo una ojeada, parecían dispuestos a dar sus vidas por nobles que ni conocían.
Bajó de la carroza y echó una ojeada rápida a su alrededor: estaba lleno de carrozas cargadas de invitados de la casa noble, sus broches indicando sus procedencias sujetos en sus solapas, vestidos, sombreros... Algunos lo llevaban bordado en sus trajes, como era el caso de los Buvelle, siempre reconocidos por su excelentísimo renombre en artes como la música. No obstante, muchos eran conocidos, amigos y familiares cuyos linajes se extendían en su genealogía como un río que se ramifica en incontables afluentes… Parientes lejanos de los que ya nadie se acordaba, pero que no invitarlos supondría tensiones, por supuesto. Por eso es que Katarina llevaba su broche sencillo en la hendidura de su vestido; pues quería alcanzar la suficiente importancia, pero no la requerida para llamar la atención y pasar desapercibida. Se acercó a una de las puertas del jardín donde se hacían los recibimientos de los invitados. Cada una de estas dos puertas estaba protegida por dos guardias, que portaban alabardas con puntas de petricita, muy similar al mármol. Vio algo que le llamó la atención: la gran mayoría de nobles iban acompañados, mínimo de dos en dos.
—Muy buenos días, nuestra queridísima dama… —El mayordomo se quedó mirando el broche, como intentando adivinar a qué casa pertenecía de las incontables en las que estaba jerarquizada la corte demaciana.
—¡Crestfield! —mencionó ella con entusiasmo—. Catherine Crestfield.
Hizo una pequeña reverencia hacia el mayordomo, mucho más grande que ella. El corpulento hombre ojeó las listas de invitados hasta que dio con su nombre.
—¡Ah, sí! Dama Catherine Crestfield… ¡Por supuesto! Bien, pase. ¿No viene acompañada? —comentó el señor de buena gana.
Katarina improvisó rápidamente.
—Verá, mi señor… —Inclinó la cabeza hacia abajo, haciéndose más pequeña—. ¡Fui rechazada en última instancia! ¿Vos os lo podéis creer? —se quejó fingiendo desasosiego—. Ahora me tengo que plantar aquí… En estos hermosos jardines… ¡Completamente sola!
—Bueno, señorita… No se preocupe. ¡Seguro que no es la única!
Hizo una reverencia rápida.
—Pase, nosotros nos encargaremos de que usted se encuentre como en casa.
Rápidamente hizo el ademán el mayordomo que, ansioso, permitió la entrada a Katarina al ver la cola de invitados que se había formado detrás de ella.
Ya dentro, pudo ver cómo la tormenta de invitados que se arremolinaba fuera comenzaba a disgregarse y hacer bulto entre los jardines. Por debajo de las copas de los árboles y alrededor de las fuentes, nobles se sentaban y hablaban entre sí de prácticamente cualquier cosa: desde pactos, negocios, cotilleos y farsas para aparentar. En el suelo, hermosos patrones florales de distintos colores adornaban los patios que recorrían las escaleras, plazoletas y pequeños recovecos entre muros de hiedra para favorecer ese ambiente cómodo y fantástico del que los presentes gozaban tan ricamente. Katarina, sin embargo, no gozaba de dichas conveniencias. Ella no venía aquí a parlotear, charlar o negociar con nadie. Lo primero que hizo fue estudiar distintas rutas de salida ante una posible fuga, puesto que la fiesta acababa de empezar, estaban en las afueras de la mansión y todo era un caos con la reciente llegada de los invitados. Se fijó en los guardias y en sus puestos; camuflados vagaban entre la gente con armas escondidas bajo sus capas, distintos de los alabarderos que custodiaban las entradas con armas de petricita para poder combatir cualquier tipo de magia presente durante la fiesta. Debía permanecer alejada de ellos, por supuesto. No solo por lo evidente de su presencia en ese lugar, sino por el hecho de que su rostro estaba cubierto por un hechizo: una piedra de petricita cerca de su rostro… Y esta absorbería la magia que velaba por su cicatriz y muy probablemente también se llevaría ese color rubio platino que tanto distaba de ese rojo sangre de su cabello original. Así que, haciéndose la perdida, desorientada, pero también curiosa, vagó por entre los senderos de los jardines que tan refinados se veían cubiertos de rosas, explorando y organizando un mapa mental de los jardines de la mansión.

Katarina escuchó un chillido, pero le sorprendió que no viniera de la propia fiesta que tenía lugar en los jardines. De hecho, también le sorprendió algo más: ningún invitado se sobresaltó para nada. Miró hacia arriba y ahí estaba: era un águila de azurita. ¿No estaban extintas desde hacía años? A Katarina siempre le habían gustado los animales y recordaba pasar noches enteras leyendo bajo las sábanas con su hermana Cassiopeia acerca de bestias y animales mortíferos a lo largo de toda Valoran, como los basiliscos de Noxus, de los que ya estaba soberanamente aburrida. ¿Pero un águila de azurita? Era enorme, mucho más grande que cualquier ave que había visto. Vestía una coraza, un peto de armadura alrededor de su cuerpo, y sus alas se desplegaban hacia los lados con orgullo, sus plumas abiertas en sus puntas como si de dedos se tratasen; el águila volaba alto por encima de los jardines de la casa Laurent, ojo avizor, como si un perro guardián defendiera a su ganado… O como si estuviera buscando al lobo. «Mierda», susurró Katarina para sus adentros. Esos inteligentes animales podían estar muy lejos allá en los cielos, pero sus ojos eran tan agudos que podían ver una mísera hormiga desde incluso kilómetros de distancia, y eran muy astutos. ¿Pero un águila de azurita? ¿Al servicio de Demacia? No… Alguien debía controlarla. Y debía de estar en la mansión. Entre todos los presentes. Quizás su dueño debía ser uno de aquellos guardias, cubiertos con capas y vagando por entre los presentes. Si Katarina pretendía no llamar la atención… Esta vez debía tomárselo en serio.
Unas trompetas en las afueras de los jardines llamaron su atención y todas las cabezas de los invitados se giraron hacia su procedencia. Ella se adelantó y se dirigió discretamente a las puertas: allá en el cielo vio cómo se dirigía a la mansión algo… Grande. Fue cuando esto se acercó al palacio cuando sus ojos se abrieron, de nuevo, sorprendidos. Era una carroza lo que venía volando hacia los jardines. Mucho más pomposa y exagerada que en la que vino ella… Y no tirada por míseros caballos, sino por recios alargénteas demacianos. Los alargénteas demacianos eran unos animales impresionantes: eran grifos, como quimeras, pero, en vez de tener un aspecto caótico y visceral, como sacados del mismo infierno, los alargénteas eran hermosos a la vista: un símbolo demaciano de orgullo, patria y portento. Eran como guivernos y sus grandes alas les permitían levantar el enorme peso de su cuerpo como si levitaran. Su emplumado pelaje plateado era precioso; plumas que, a su vez, eran férreas y duras como el acero, capaces de soportar tempestades, flechas y lanzas.

Su cabeza parecía la de un búho, con dos cejas que se estiraban hacia fuera de su rostro afiladas y un pico capaz de hendir cualquier armadura. Sus ojos eran grandes y perlados y parecían estar atentos a todo lo que les rodeaba. Por si fuera poco, al igual que el águila de azurita, los alargénteas llevaban una armadura que realzaba aún más ese porte regio y esplendoroso digno de Demacia.

Una vez aterrizaron, Katarina se dejó de embelesar por el porte de los alargénteas cuando pudo ver el escudo de sus petos plateados que rodeaban su torso: una estrella de cuatro puntas. El símbolo de la casa Durand. Lacroix Durand, el conde que tenía que asesinar, había llegado a la mansión de los Laurent. Por supuesto, dada la importancia de este recibimiento en la mansión, una gran aglomeración de presentes comenzó a arremolinarse alrededor de la entrada: nobles de todas las edades y vestidos de todos los colores se asomaron para escrutar al recién llegado. Era un bajito y panzón señor que llevaba un traje ceñido a su cuerpo y que hacía pedir clemencia a los botones que, valerosos, intentaban mantener la calma. Iba acompañado de dos guardias personales que lo seguían muy de cerca; también portaban alabardas con punta de petricita. Katarina asumió que, si tenía que ocuparse del conde, lo mejor sería atacar de frente. No obstante, ella ya se conocía estos tejemanejes, así que decidió seguir investigando. Su rostro parecía sereno y no paraba de sonreír como un niño atrapado en una tienda de juguetes; incluso algún palmero que otro aplaudía sin coordinación ante su llegada con afán de demostrar quién era el más adherido de todos ellos. Cuando se dirigió a la puerta, los mayordomos encargados no se molestaron en buscar su nombre en las infinitas listas y se hicieron a un lado con una extravagante reverencia para darle paso a Lacroix, que entró a los jardines de la casa Laurent como si fueran de su propiedad. Al mismo conde se le acercó un hombre alto que, de tanto que se tuvo que inclinar, bien se pudo hacer daño en la espalda cuando le susurró unas ininteligibles palabras.
—¡Oh! Vaya… —suspiró Lacroix, fingiendo una falsísima pesadumbre—. ¿Y qué le vamos a hacer? Ya me recibirá nuestra querida anfitriona cuando se dé el caso… A medida que avance la noche, ¿no es así? —dijo mientras miraba en derredor hacia su público como sintiéndose el protagonista de una obra de teatro.
Bien poco sabía este pobre hombre que al final de su aclamada noche una cuchilla rajaría su cuello. Pero todavía no: Katarina debía ser prudente; profesional. Debía controlar sus impulsos y demostrarle su lealtad a su patria siendo eficaz en su puesto: siniestra, mortífera y letal. Y tuvo en cuenta las palabras de Lacroix: «Ya me recibirá nuestra querida anfitriona cuando se dé el caso…». Se estaba refiriendo a la líder de la familia Laurent, quien por suerte no se encontraba disponible en este momento. Katarina debía aprovechar esto: conocía a esa mujer, sabía que no tenía que encontrarse con ella.
Entre todo el gentío arremolinado en un tornado de curiosidad, cuchicheo y falsedad, el conde Lacroix comenzó a alejarse y, en nada de tiempo, la fiesta se reanudó, como si un tronco hubiera atascado un río para luego seguir la corriente. Por supuesto, la llegada del conde Lacroix no hizo más que caldear el ambiente. Ahora los invitados sí tenían algo importante de qué hablar, y es que esa fase de charlatanería, altivez y orgullo discutido entre los presentes, ocultos detrás de sus falsedades, no había hecho más que comenzar. Tenía gracia el asunto: Katarina también llevaba una careta ese mismo día. Por un momento sus pensamientos intrusivos asomaron como por detrás de su hombro, cuchicheando: «¿Qué pasaría en este momento si todos vieran tu melena roja? ¿Y tu cicatriz? ¿Saldrían despavoridos como un rebaño de ovejas que por fin encontraron al lobo que andaba rondando entre ellas?». Con una leve sacudida volvió en sí y miró hacia arriba: el águila de azurita seguía dando vueltas alrededor de la mansión, con sus impresionantes alas extendidas abarcando el cielo. «¿De qué manera Demacia habría sido capaz de domar a…?»
Katarina chocó con uno de los invitados de la fiesta cuando se deslizaba entre los presentes. Delante de ella, un chico que llevaba una copa vacía en su mano la miraba con los ojos bien abiertos… La camisa de su frac completamente manchada de un rojo sangre por culpa del vino. Katarina salió de su ensimismamiento y muy rápidamente quiso proferir una leve y tibia disculpa para evitar cualquier tipo de contacto con alguien presente, cuando se fijó en la solapa del traje…
—¡Mi señor! —dijo ella, agudizando su voz muy levemente.
Se inclinó con una reverencia. Miró la mancha de su torso.
—¡Que los Aspectos me juzguen si no deben echarme ahora mismo de estos jardines! —dijo ella mientras se acercaba a él para arreglarle la chaqueta, pero el chico puso una mano en su hombro.
—No… No se preocupe, señorita. ¿Vos sabéis que yo siempre traigo un traje de repuesto por si ocurrieran estos deslices? —Su risa resonó en su pequeño círculo—. Bien le digo yo que, si se me conoce por algo, es por mi torpeza, sin ninguna duda. Aunque veo que usted se me ha adelantado, si me lo permite.
Entre los dos hubo una pequeña pero notoria pausa. El chico entonces le ofreció la mano y ella reposó la suya sobre la de él. El chico la acercó a sus labios después de una fina pero estudiada reverencia.
—Harold. Harold Durand.
Katarina fingió su sorpresa y optó por mantenerse en este camino para obtener información.
—¡Vos! ¿Sois hijo del conde Lacroix?
El chico soltó una leve carcajada.
—¿Hijo? Oh, no, por la Corona. Pero sí su sobrino, aunque no haya llegado a estos jardines en una carroza tirada por alargénteas…, sino en una tirada por caballos normales y corrientes.
Ella lo acompañó con una risa forzada, muy disimuladamente.
—Disculpe… —murmuró Katarina, haciéndose tímida—. Ni siquiera yo me presenté después de la fechoría.
Se venció hacia delante con disimulo, recatada… Asegurándose de mostrar bien el broche de su casa ficticia.
—Catherine Crestfield, de la casa… Bueno. —Soltó una risita.
Odiaba interpretar estos papeles, su asesina interna quería arrancarse los pelos. Ella prefería un puñal en sus manos, no las faldas de un vestido.
—¿La casa Crestfield? —repitió él—. Creo que mi tío me habló de ella hace un tiempo. A veces me encargo de la administración de territorios suyos cuando es necesario. ¿Es la destilería en los Campos de Klenil?
—¡Sí, mi señor! —asintió con fingido entusiasmo.
—Llámame Harold. —Hizo un gesto leve con la mano—. Señorita…
—Catherine. Puedes llamarme solo Catherine.
Ambos se quedaron tímidos el uno frente al otro.
—Esto… Me quedé impresionada cuando recibí la invitación para venir a la casa Laurent… El señorío de Lacroix es digno de admirar.
—¿Quién, mi tío? Hágame caso, Catherine, cuanto menos le conozca… ¡Mucho mejor! Es un hombre de negocios. Pero bueno, ¿qué le voy a decir yo acerca de la nobleza demaciana? «Valor, Deber, Justicia, Honor»… Ay, en qué mundo vivimos… —murmuraba irónicamente Harold, quien hablaba como si nada con todo su torso cubierto de vino, como si lo hubieran apuñalado justo en el corazón y, muerto, ni se molestase por la herida que lo había separado de la vida y la muerte.
Por muy loco que pareciese, era verdad que se veía acostumbrado a que le ocurrieran estas cosas. Ella fue a mencionarlo de nuevo, pero él se le adelantó.
—Creo que debería…
Un hombre mayor se acercó a ellos dos acompañado por una mujer más joven que él, que lo llevaba del brazo. De hecho, considerablemente más joven, pero aún mayor que Katarina, sin ninguna duda, alrededor de los cuarenta años. Sin embargo, el hombre rozaría los setenta años, si la vejez había sido justa con él. Tan caprichosos eran los ideales demacianos… Su traje le quedaba holgado y su enjuto rostro se veía enormemente demacrado. No parecía muy amistoso.
—Señorita Catherine Crestfield… Mi padre, Taran Durand, y mi madrastra, Lestray Fortis. Ahora, si me permitís… —Señaló su traje y se retiró, como un viento huracanado que persigue una tormenta, pero dirigiéndole a Katarina una gentil mirada al más puro estilo «¡Tú puedes!».
Y así se vio Katarina encerrada entre dos nobles importantes de dos casas de alto renombre de Demacia.
—¿Tú? —espetó el señor Taran.
También llevaba el broche con la insignia de la casa Durand en la solapa de su traje, igual que su hijo Harold.
—Oh, mis disculpas…
Katarina comprendió y, de nuevo, tuvo que hacer otra reverencia, de las que ya se estaba empezando a cansar.
—Catherine Crestfield… Es un enorme placer conocerlo, mi señor Taran Durand.
Él se mofó por un segundo mirando a su mujer.
—Llámeme Taran… señorita —siseó esta última palabra con cierto tono de desprecio.
Estaba claro que él y Harold eran padre e hijo. Sus formas y su educación, por el contrario… A diferencia de Harold, que parecía enterado, Taran no mencionó nada acerca de la destilería del conde Lacroix a la que ayudaba la familia ficticia que el Imperio de Noxus había conseguido falsificar. Esto alivió a Katarina: cuanto menos tuviera que irse por donde no le convenía, mejor.
—Mi hijo quizás necesita dar un par de vueltas más alrededor de los jardines, ¿no crees? —le dijo a su mujer mientras soltaba un gorgoteo.
Lestray Fortis, su joven mujer, apenas era capaz de expresar su opinión; pues solo estaba ahí para agrandar la presencia del señor Durand. Por si no fuera demasiado evidente, Taran Durand ojeó a Katarina de arriba abajo, evaluándola como si su vida dependiera de ello.
—No conozco su casa… ¿De dónde diablos es usted?
—Oh, mi señor… Taran, disculpe —comenzó ella con gusto después de la recalcitrante mueca que inundaba el rostro del conde Taran, quien rápidamente le había pedido que no lo llamara «señor», sino únicamente por su nombre—. ¿Acaso no conoce usted la destilería Klenil?
Katarina quiso aprovechar esta situación para empobrecer el estatus de un conde que ni por asomo había llegado al nivel de su hermano.
—Sus vinos han llegado a todos los rincones de las tabernas de Demacia, si me lo permite… Aunque entiendo que, dada su magnífica posición en la corte, ni por asomo habrá pisado una taberna en mucho tiempo, ¿quizás?
El hombre resopló. Taran Durand, tal y como Katarina se lo había restregado en la cara, era otro conde de Demacia. Sin embargo, a diferencia de su hermano Lacroix, de un estatus social mucho mayor, Taran siempre había quedado atrás, como un pardillo que nunca había estado a la altura de su hermano, pese a ser mucho mayor que él.
—Te sorprendería, mujercita, hasta qué rincón pueden llegar las botas de un comendador. Y lo que pueden llegar a hacer en una fiesta de invitados, si se le toma el pelo indecentemente —comentó con recelo mientras apretaba el brazo de su mujer con el suyo, airado.
—¿Ah, sí? —contestó ella rápido—. Ya sabe usted lo que dicen… Al lado de cada taberna… ¡Una mancebía siempre espera! ¿Acaso las hermosas meretrices se guardan lo mejor de su magnificencia para el final de la fiesta?
El hombre abrió los ojos de par en par ante la osadía de Katarina, de la cual únicamente su mujer y él habían sido testigos.
—¡Y quién me iba a decir a mí que mi hijo estaría siseando con una víbora como usted, señorita Catherine! —escupió el señor—. ¡Váyase de aquí si no quiere que llame a los guardias!
—¿Y qué le va a decir a los guardias? Mire… —Katarina siguió hablando pese a los ruidos que hacía el conde para intentar cortar su discurso—. La cuestión es que no puede decirme nada. Ni a mí ni a nadie, de hecho. No es porque yo sea especial. Es porque usted mismo es especial. ¿No se da cuenta de su importancia, buen conde? —se mofó ella—. Está rodeado de todos estos… Palmeros, nobles y paletos que detrás de sus sonrisas esconden vaya a saber el qué, ¿no es así? La cosa es… Mi buen señor… Que aquí el protagonista, de nuevo en su vida, como le viene a ser costumbre… No es usted. No le gusta que le llamen señor… Porque claro, evidentemente requiere de atención, ¿me equivoco? Si usted es ahora el protagonista y monta un numerito por querer echar a una joven dama como yo… ¿Qué ocurriría si el excelentísimo y olvidadísimo Taran Durand chafa la fiesta de su queridísimo hermano de una manera tan nimia e indiscreta? ¿Realmente querría ser usted el protagonista ahora, el que siempre ha querido ser? ¿En un evento como este? ¿De esta manera? ¿Qué dirían todos estos… Nobles que nos rodean ahora, con sus verdaderos rostros ocultos bajo sus tan trabajadísimas caretas?
El conde Taran tragó el nudo que se le hizo en la garganta y apretó hacia él su brazo, que rodeaba el de su mujer que, vista la situación, valoró que lo mejor era permanecer callada.
—Vos… —dijo él—. Tenga muy claro que esto no acabará aquí, señorita Catherine Crestfield… —dijo con tono amenazante.
Katarina sonreía cómodamente.
—Si sus botas de comendador recorren todos los rincones de Demacia, mi señor, no pierda usted el tiempo buscándome en ningún prostíbulo de los que frecuenta.
Taran Durand ardía en deseos de armar un escándalo solo para apartar de su vista a Katarina, pero antes de que nada más ocurriera, Harold Durand apareció con una nueva camisa, por supuesto totalmente limpia y reluciente.
—Vaya, veo que os habéis caído bien —dijo, inocente, al acercarse entre ambos.
Agarró una copa de un camarero que pasaba por al lado, acercándola a su pecho: Katarina comprendió por qué Harold no parecía aprender la lección.
—¿De qué estaban hablando, si me permitís la intromisión?
—¡Oh, Harold! —dijo Katarina—. Vuestro padre es un hombre… Formidable. Digno de admirar, de hecho. —Sonrió ampliamente—. Es una lástima que, de no ser por haberme encontrado fortuitamente con vos… ¡Apenas sabría que es un conde de la familia Durand! ¡Quién diría que habría dos en una misma fiesta!
Ella también cogió una copa que pasaba por uno de sus lados.
Cuando Taran Durand abandonó con su mujer la conversación, Harold y Katarina permanecieron juntos. La fiesta sí estaba verdaderamente animada. No solo los jardines estaban desbordados de invitados, sino que también había servicio de hostelería en todo momento: camareros danzaban entre los invitados manejando las bandejas como si estuvieran pegadas a sus manos; ricos cócteles, aperitivos puntuales y pequeños pero deliciosos platos volaban de un lado a otro siempre a vista del consumidor. Si algo era necesario, véase una copa o cualquier otro incidente que hubiese que solucionar, enseguida todo quedaba resuelto y a gusto del invitado. La dueña de la mansión Laurent prestaba atención constante al detalle, pese a que aún no había hecho acto de presencia. Y también la guardia estuvo presente en todo momento. Quizás los invitados ignoraban al águila de azurita allá en los cielos, que daba vueltas y merodeaba montando guardia en el infinito azul, pero entre los invitados los guardias no cometían ningún despropósito. Andaban de un lado para otro, cumplían con sus rutas establecidas y permitían a cada invitado disfrutar plenamente sin interceder, pero a la vez asegurándose de brindarles la protección que ellos requerían. Katarina lo interiorizó: esta fiesta no se trataba de una simple comuna organizada entre amigos. Aquí, entre estos jardines, importantísimos nobles de distintas casas centenarias de Demacia se reunían, todos en un mismo sitio. Era imperativo garantizar una seguridad excelente para evitar cualquier tipo de… Problema. Que los guardias vagasen entre ellos bajo sus capas, de incógnito, tranquilizaba a los presentes y les hacía sentirse como en su propia casa. A Katarina, por el contrario, le añadía un punto de dificultad a su misión. Sin embargo, para su propio plan, había conseguido lo que quería: sembrar discordia. Dentro de la misma familia a la que pertenecía el conde Lacroix, había generado un desacuerdo entre la opinión del conde Taran Durand y la de su hijo. Harold estaba más implicado en la familia que su padre y, por tanto, más cercano a su tío (y a la vez su objetivo). Sin embargo, Lacroix estaba demasiado ocupado siendo el centro de atención de la fiesta, pero si tuviera que escuchar a uno de los dos… Quizás haría más caso a su sobrino que a su hermano, ya viejo y olvidado en la familia… Viviendo de las rentas.
Ambos siguieron caminando bajo los árboles y por los jardines de la casa Laurent, dirigiéndose a la entrada donde se congregaba la gente. Era tan distinta la arquitectura de Demacia… Las casas y los fuertes noxianos donde vivía Katarina allá en Noxus eran de un acero puro y sin brillo, con largos y fuertes pináculos que se levantaban hacia arriba, como picos de oscuras cordilleras, y que daban una sensación de formidabilidad: imponían respeto e incluso temor para los corazones más blandos. Los muros eran gruesos, como fortalezas dedicadas a la defensa, bastiones imposibles de asediar que se extendían hacia arriba, como inexpugnables paredes que aterrorizaban incluso desde la lejanía.


Demacia era la otra cara de la moneda. Pero, en opinión de Katarina, levantaba una serie de virtudes falsas que engrandecían el valor, la defensa y el orgullo. Figuras y estatuas de caballeros que representaban signos de justicia y honor se alzaban, valerosas, entre sus muros, blancos como el mármol y duros como la petricita, representando la pureza más intrínseca de su nación. Con sus escudos siempre protegiendo a su pueblo, las ciudades de Demacia siempre daban la sensación de haber llegado a casa. Siempre infundían esa cálida bienvenida que un soldado ansía recibir después de una larga guerra.


Eran dos naciones tan distintas… En Noxus, la meritocracia era el mayor ideal a perseguir. Aún recordaba cuando era pequeña y escalaba los altos muros e imponentes torres para escabullirse en las boticas y probar los venenos que guardaban en secreto. Cuando los tomaba en pequeñas dosis para generar resistencias y ampliar su tolerancia al dolor…

—Disculpa, Harold… —Se recató—. Verás, no estoy acostumbrada a verme rodeada de tan alta… Alcurnia. Me abruma ver tanto renombre alrededor.
Pudo vislumbrar allá en el cielo que el águila de azurita seguía dando vueltas, oteando los jardines perpetuamente.
—Tranquila… —dijo él, sonriente—. Cuenta con que has sido invitada a una casa real de Demacia. Si has llegado a estas escaleras…
Dejó su discurso en el aire. Ella hizo un gesto con la mano.
—No sé si con esas palabras debería tranquilizarme… ¡O ponerme aún más nerviosa! —dijo mientras subían las escaleras que conducían a la gran casa.
La situación giraba a favor de Katarina. El asesinato no ocurriría en los jardines, a plena luz del día, bajo los ojos del águila que vigilaba constantemente y rodeada de guardias ocultos entre los presentes bajo capas incógnitas. Cuando cruzaron las puertas de la mansión, todos los presentes se diseminaron en el gran salón principal, como una nube de estorninos que se arremolina alrededor del viento en mareas incontables de pequeños puntitos negros entre las nubes. Todo estaba decorado para la ocasión. Al final del salón, unas amplias escaleras conducían a otro enorme rosetón (con la misma rosa acristalada de la familia Laurent) que se ocultaba en el lado opuesto de la mansión, por lo que la iluminación venía dada por ambos extremos. Allá en el centro, debajo de las escaleras, Lacroix parecía estar hablando con altos cargos de Demacia, regodeándose de su importantísimo puesto en el labrado de la petricita y su uso en el reino para combatir la magia, como llevaba haciendo la nación durante generaciones.

—¡Por supuesto! —decía altivo—. La petricita es el símbolo de nuestra familia… Y también lo es de Demacia. ¿Acaso no hay mejor material para combatir la perfidia de la magia que asola el continente? Solo pensar en cómo los noxianos la utilizan para labrar sus argucias… ¡Me da escalofríos!
Katarina solo pudo escuchar unas pocas palabras de Lacroix mientras caminaba junto con Harold. Pero no podía asesinarlo en este momento. La cima de las escaleras estaba despejada, pero llena de guardias que aún impedían el ascenso de los presentes para congregarlos todos en el piso de abajo por el momento. En la entrada por la que habían accedido se había formado, además, un tapón de toda la gente que se internaba en la mansión… Katarina aún debía esperar al momento adecuado.
—Hábleme de vos, Catherine —espetó Harold como si nada—. Me aflige no haberla conocido hasta hoy.
—¿De dónde viene dicha intriga, Harold? —preguntó, coqueta, mientras lo miraba de soslayo con un aire de interés.
Realmente era un muchacho apuesto.
—Conozco a mi padre —dijo él de la nada—. Y sé que vuestra conversación no tuvo nada de gentil, me temo… ¿O acaso me equivoco? Me llama la atención eso.
Pese a su punto, Harold sonreía genuinamente.
—Bueno… —Ella agudizó su voz—. Quizás… No fuera el recibimiento más cordial.
Los dos rieron.
—Mi familia siempre ha sido complicada —dijo Katarina suspirando—. Mi padre fue muy estricto en mi educación y nos trató a mi hermana y a mí con mucha exigencia desde que fuimos pequeñas.
—¿Tenéis una hermana? —contestó Harold, sorprendido.
—¿Ya perdió su interés en mí, mi señor Durand? —vaciló ella con una sonrisa pícara mientras ambos andaban por el gran salón.
Las mejillas del chico se sonrojaron levemente.
—Sin embargo… Apenas mantenemos contacto, ella y yo. Mientras que ella siguió la senda política de mi madre… Yo siempre me mantuve fiel a las enseñanzas de mi padre.
—Si vuestra hermana tiró más hacia la política… ¿Qué hacéis vos aquí y no ella en su lugar?
—Se alejó mucho de nuestra familia, mi hermana. Bueno, fue de hecho al revés. ¿Sabes que viví mucho tiempo en los desiertos de Shurima?
Harold soltó una carcajada.
—Oh… ¡Por los Ascendidos! —se mofó Harold—. ¿En serio?
—Sí, así es. Mi padre conocía a ricos comerciantes de Shurima y nos fuimos allí a vivir por un tiempo. Pero al final teníamos que volver a Demacia y mi madre y mi hermana se quedaron allí por un tiempo… Apenas mantengo contacto con ambas.
Katarina notaba que su discurso se enmudecía. Se dio cuenta de que estaba contando su verdadera historia en vez de una fingida.
—No sé nada de ellas desde hace mucho.
—Vaya… —musitó Harold—. Debió de ser dolorosa esa separación, ¿verdad? Es extraño… ¿No tuvisteis ningún percance con Noxus? En las fronteras de los desiertos de Shurima se esconden muchas familias de renombre noxianas. Además, hubo ciertos problemas hace años cuando unas batidas demacianas se toparon con…
—No —respondió Katarina, cortándolo—. Pero nunca cuestiones mi lealtad. Nunca sabrás lo que debo soportar por ella.
Katarina recordó cómo se fragmentó su familia y cómo vivió bajo la tan opresiva tutela de su padre… Aquel que no la dejaba dormir. Que no la dejaba descansar. Quien le enseñó a asesinar cuando apenas era una niña. Aquel monstruo que la convirtió en una herramienta, una máquina de matar. Y, lo peor de todo: cómo ella había acogido esta vida con honor y sacrificio. Harold entendió que había tocado una fibra sensible y se salió del tema de conversación, pues no quería incomodar a su Catherine.
Así, como llegado del cielo, tras este incómodo momento en el que Katarina había recordado ciertos eventos de su pasado que hubiera preferido mantener ajenos a esta misión, finalmente se abrió el paso a las escaleras que conducían al segundo piso de la mansión… Y pudo vislumbrar a Lacroix Durand, su objetivo, subir hacia allá en medio del grupo que ascendía para continuar la fiesta. Katarina aprovechó el camino que seguía junto a Harold para seguir el recorrido y acompañar al grupo que subía por las escaleras, pero antes de llegar al principio de las escalinatas, Harold la detuvo.
—Ah, no… —dijo él, sujetándola por el brazo, cruzando un límite que pilló a Katarina de sorpresa—. Ese piso es para los importantes.
«Estúpidos clasistas demacianos».
—¿No somos aquí todos importantes? —respondió ella, airada.
Efectivamente, no debía haber recordado lo de antes. Su mente se había desequilibrado.
—¿Dónde está esa Justicia que defiende Demacia?
Harold arqueó una ceja: esa contestación definitivamente no había sido inteligente por parte de Katarina. Una demaciana, por mucho que le doliese, no hubiera contestado de aquella manera, no le habría faltado el respeto a su patria; hubiera mantenido esa fachada, la máscara. Así era su pueblo. Una noxiana, por el contrario…
—¿Me disculpas, Harold? —dijo ella rápidamente, sin siquiera mirarlo a los ojos, mientras bajaba el primer escalón y se alejaba del chico, que se quedó en el sitio.
Su cicatriz latía, oculta bajo el velo de su hechizo.
Aquí finaliza la primera parte de este relato sobre Katarina…
Pero si os habéis quedado con ganas de ver cómo termina este relato, no os preocupéis: ¡la segunda parte está a la vuelta de la esquina!
¡Nos vemos, lectores!




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