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Hablemos de… Sirāt: La crueldad de sucesos y la determinación de la supervivencia humana.

Sirat

“Existe un puente llamado Sirāt, que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello. Más afilado que una espada.”


Con estas palabras comienza Sirāt, la película hispano-francesa que ha conseguido ganarse un hueco entre los corazones de algunos cinéfilos y que, tras asegurarse el Premio del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Cannes de 2025 y cinco premios del Cine Europeo (fotografía, dirección de casting, diseño de producción, montaje y mejor sonido); apunta alto al haber sido elegida por La Academia para representar a nuestro país como Mejor Película Internacional, en su edición número 98 de los Premios Óscar. Si bien se estrenó en el Festival de Cannes en mayo, a nosotros nos llegó a España un poquito más tarde, en junio, y diversas opiniones han ido floreciendo con respecto al largometraje. Cuando la película terminó, su director Óliver Laxe pronunció las siguientes palabras después de la ovación: “Creo que todos estamos de acuerdo en que una ronda de preguntas y respuestas es la mayor tontería que podemos hacer ahora. Si queréis salir y procesarlo todo, por favor, hacedlo.” Sin embargo, uno se quedó en una de las sesiones. La primera pregunta fue: “¿Cómo te atreves?”


Sirāt no es una película convencional. El arquetípico P-N-D (Planteamiento - Nudo - Desenlace) desaparece completamente en el difuso esquema de esta película a medida que muy prontamente se desarrolla la trama. La premisa es llamativa y desde el primer momento puede llegar a generar interés; es moderna, es caótica y es desesperante desde el momento que la interiorizamos: un padre, junto con su hijo, se embarca en un viaje en el desierto para encontrar a su hija perdida en una rave. Ya solo con esta breve sinopsis podemos tener en cuenta, al menos a nivel inconsciente, todas las consecuencias que esto puede implicar. Y es que, como ya se ha mencionado anteriormente, Sirāt no es una película "normal". Es muy difícil recomendar este largometraje. Es una road movie que paradójicamente se sale de la carretera para abordar lo desconocido. Es como ver Greenbook mezclado con un liviano Mad Max que se sumerge en un mar de LSD y que desemboca en un místico caos imposible de solucionar.


Sirat
Entre el presente caos, padre e hijo la buscan... Quizás más perdidos ellos que nadie más.

La película trata muchos temas que a priori pueden pasar desapercibidos. Desde una inminente Tercera Guerra Mundial en la que hoy nos vemos envueltos según el panorama político actual, la discriminación social rozando límites xenófobos y raciales y la desesperación humana cayendo a un pozo inevitable de sufrimiento compartido que se tiene que enfrentar al espíritu humano indómito de la naturaleza de sobrevivir pese a las dificultades, salir adelante subrepticiamente, a brazadas; como nadar en un mar de arena que se extiende hacia el infinito, con el caluroso sol achicharrando nuestra voluntad de supervivencia. Mientras avanza la película, la premisa original se difumina entre las arenas del desierto para dar paso a una serie de dificultades que nublan la mente de los protagonistas, originando una serie de conflictos y problemas que alejan a los personajes de un motivo inicial para buscar una solución más primitiva ante las adversidades a las que se enfrentan. Al tratarse de una "peli de carretera" (por catalogarla ampliamente de alguna manera, dejando a un lado numerosos matices), el foco debe (y cumple) estar en los personajes. Al fin y al cabo, estamos hablando de un viaje. Ese viaje por el fino puente llamado Sirāt del que es muy fácil caer, y por el que los personajes experimentan una serie de sucesos que los forjan a látigo y puñetazo en bien de un desarrollo fructífero; es esencial para una trama que precisamente recae enormemente en lo que significa viajar de un punto a otro y la evolución que supone. 


Sirat
En orden de izquierda a derecha: Luis y Esteban, los protagonistas, junto con Stef, otro personaje del largometraje.

A medida que la película avanza, somos testigos del sufrimiento percibido por los personajes y nos hace caer en la desesperación, impotencia y caos que abunda en sus corazones. Las escenas se hacen mucho más estáticas, largas y pesadas. Hay polvo por todos lados, hace calor, vemos el sudor en la frente de los protagonistas, están cansados, letárgicos. Todo favorece a conectar con ellos y sufrir sus angustias, penurias y dolor (no solo físico) hasta el punto de querer que termine ya todo solo para que los personajes tengan un respiro (y nosotros también).


Sin embargo… Pese que la primera mitad de la película cuenta con unos ingredientes maravillosos con el que poder desarrollar una trama increíble, como hemos dicho antes el propio argumento se va difuminando con el tiempo; e inevitablemente todo se vuelve mucho más caótico, menos claro y abierto a libre interpretación pero de una manera pobre. Hay momentos en que la tensión narrativa afloja; pese a los eventos que tienen lugar, es fácil perderse entre las arenas de Marruecos. Uno ya piensa, ¿hasta qué punto vamos a llegar?. Muchos critican que la película es innecesariamente cruel, otros inverosímil en ciertos aspectos. Lo que está claro es que la película pretende hacer sufrir. No desde la malicia o la perversión por parte del director; sino más bien sufrir las angustias que puede traer la vida y que estas pueden dotarse de una crueldad exacerbada. Del infierno al paraíso hay un camino muy delgado, muy fino. Aquí no hablamos de karma o fe. Hablamos de cruzar ese camino. Y hay algunos que lo logran y otros que no. Esta es una película emocional, fuerte, que pretende pegar duro, no a la Academia, no un blockbuster u Oscar bait, si no a tus sentimientos, manejar tus emociones, arrebatarte el control de ellas. Similar a Requiem por un sueño o incluso La Sustancia, son largometrajes que te atrapan y te meten dentro de la pantalla. Sobre todo una road movie, en la que prácticamente te hace vivir dentro del coche de turno donde se narrar la historia; empiezas conociendo al protagonista de una manera y terminas despidiéndote de él siendo otra persona. Has vivido un cambio con él. Has sufrido lo que esa persona ha tenido que sufrir. Eso sólo puedes lograrlo si consigues transmitir esas emociones y proyectarlas hacia fuera de la pantalla. Sirāt lo consigue; y de una manera durísima, alegorizando ciertas ideas y, a su vez, trayendo los pies a la Tierra abordando conceptos como la guerra y la discriminación con una visión realista. Decae, sí, pero no se pierde entre las dunas.


A la película acompaña muy bien la banda sonora, que cuadra completamente con la trama de la misma: graves que tamborilean como pasos que abordan las arenas del desierto en pos de un fin que no parece alcanzar la vista... Sí, no estamos ante un score similar a los de John Williams o Hans Zimmer, pero este ambiente "ravero" está presente desde el principio de la película y, de una manera inteligente. La música vira hacia una psicodelia espiritual que cada vez se hace más persistente conforme la trama avanza y la película adquiere una presencia / significado más metafísico que presente, de cara al final. Quizás no es una música que agrade a todo el mundo; pero no se puede negar que cuadra perfectamente con la temática de la película.


La fotografía me pareció muy buena, parte de esos planos que te sumergen en el metraje como si rompiera las barreras entre cine y documental. No por nada la película se llevó un premio precisamente por su manejo en este campo (aunque los Premios Óscar de este año parecen no opinar lo mismo). Esos planos estáticos previamente mencionados son preciosos, impresionantes: acostumbrados hoy en día a un cine rápido que forma un conglomerado de explosiones, efectos visuales y cortes de cámara rapidísimos, es un placer visual poder contar con planos de cámara fijos que estudian paisajes, que permiten al espectador asentarse físico-espiritualmente ahí mismo, donde ocurre la trama, tener el tiempo de observar, de estudiar los detalles de todo lo que se encuentra en el mismo plano. Escenas que recuerdan a The Brutalist, con esas cámaras fijas en las que, sin ningún diálogo, te plantan ante una gran cantera; Sirāt lo clava con rocas, desierto, arena (y algún que otro altavoz). Esto no es algo común. Hoy en día es extremadamente complicado lograr captar la atención del espectador cuando tiene que pasar de ver naves explotar, gigantes azules trenzados volar sobre bestias fantásticas, y cascadas de neones y persecuciones trepidantes, a ver nada. Porque es lo que hay en el desierto: nada. Nada más que roca y polvo, como dicen en la propia película. La película te quiere meter ahí. Sirāt te quiere sacar del salón y dejarte abandonado en una duna de frustración y dolor, lo fácil que es salir de aquel camino que nos conecta entre el cielo y el infierno. La fragilidad de la mente humana hasta el punto de no saber si estás vivo o muerto, de si abandonar o salir adelante. De si las decisiones que tomas las eliges por un motivo u otro. Ese delgado puente sin barandas entre el utópico paraíso y las llamas del flagrante infierno... Donde nos encontramos a diario en cada una de nuestras vidas: justo en el medio... Quizás a veces más cerca de un lado que de otro.


Sirāt es una película de la que es muy difícil contar nada sin spoilers dado su propia naturaleza que se retuerce a lo largo de su duración. Si no se desvela nada, todo puede sonar muy difuso. No obstante, si cuentan con dos horas de su tiempo y quieren ver una road movie tensa, caótica y de las que te deja pensando por unos días… No duden en echarle un vistazo a esta película. 

Si hay algo que quieran tratar o debatir acerca de la película; sus mensajes, o simplemente compartir su opinión, siéntanse libres de comentarlo en el post, y con mucho gusto hablaremos de ello.


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