Tenshi no Tamago: un viaje onírico entre la soledad, la pérdida de la fe y el resarcimiento de la humanidad.
- THELONIOUS FOLK

- 15 ene
- 5 Min. de lectura

El 22 de diciembre de 1985 (hace ya, que se dice pronto) se estrenó Tenshi no Tamago, El huevo del ángel, una obra cinematográfica de culto dirigida por nada más y nada menos que Mamoru Oshii, creador de series que nos resuenan de hace tiempo, como lo son Ghost in the Shell (1995), el anime de Urusei Yatsura (1981) y Avalon (2001), entre otras.
Con su 40 aniversario, se presentó en el Festival de Cine de Cannes de este año 2025 su reedición en 4K, y es imposible no echar la vista atrás y revisar esta joya de la animación de ciencia ficción que, pese a su aura confusa, ha logrado ganarse un hueco en el corazón de muchos fanáticos del mundillo, inspirando títulos como Dark Souls, Neon Genesis Evangelion o Shadow of the Colossus. Revisitamos Tenshi no Tamago, de Mamoru Oshii.
¿Qué estamos viendo?
No se puede hablar de El huevo del ángel sin mencionar (o sería un sacrilegio) el apartado artístico/visual de este largometraje. La predominancia de negros y la oscuridad favorecen enormemente al ambiente permanentemente decadente de esta historia tan recluida que, gracias a la presencia de Yoshitaka Amano al frente de la dirección artística, es capaz de crear una atmósfera de la que, si bien no comprendemos muy bien en qué punto de la historia (dentro de este universo) podemos estar, entendemos perfectamente lo que se pretende destacar: soledad. Abandono. Miedo. E, incluso, esperanza.
Entre toda la creciente y presente soledad y oscuridad que engloba esta historia, tenemos a un personaje protagonista, La niña, que desprende luz propia. No solo en sentido figurado. Envolviendo el dichoso huevo como si la imagen de la Virgen María cobrara vida de repente, esta niña desprende luz propia de verdad. Es la imagen de la esperanza, la imagen de la ilusión, de la inocencia personificada, de la dulzura y las emociones humanas. Tiene miedo, se irrita… tiene un propósito. Un propósito que quizás ella misma ni siquiera conoce, pero que por un motivo u otro está obligada a cumplir.
En contraposición a La niña, tenemos también un personaje clave en esta historia: El hombre (sí, esta película no brilla especialmente por los títulos de sus personajes). Llegando a la ciudad en ruinas subido a uno de los infinitos tanques, y portando una cruz que parece ser un arma (alegoría clarísima de cómo la religión y la guerra van de la mano en numerosas ocasiones), acompañará a La niña durante toda la historia desde el momento en que se encuentran.

La relación entre estos dos es un tanto curiosa. Basada en un primer momento en la desconfianza, a medida que la historia progresa vemos una amistad que florece entre los dos, basada en el conocimiento y en el apoyo mutuo ante un mundo en decaimiento del que no queda otra que depender de la unión para seguir adelante.
Muchas son las interpretaciones acerca de qué representa todo en esta obra. Veremos de qué trata alguna de estas cuestiones a continuación.
Calla y muéstramelo.
Qué bien lo hace esta obra. Apenas hay diálogo en esta película, pero tiene las ideas claras desde el principio. Quizás no suene del todo el nombre del previamente mencionado Yoshitaka Amano… No obstante, si rescatamos títulos como Vampire Hunter D o, sin ir más lejos, Final Fantasy, para los que no se dieron cuenta al principio, quizás ahora se les enciende la bombilla sobre sus cabezas al poder, por fin, responder a esa difusa pregunta en sus mentes de «¿Por qué me suena este estilo de dibujo?»
Si bien la historia se va enrevesando/retorciendo a nivel introspectivo a lo largo de su duración, el apartado visual se mantiene consistente desde el principio hasta el final. Desde estructuras en ruinas, decadentes, que hablan por sí solas, hasta crípticos paisajes que evocan incomodidad y confusión y que, a la vez, provocan sensaciones de nostalgia para el espectador. ¿Acaso uno no ve el arca del principio y piensa directamente en el Arca de Noé, uno de los puntos centrales de la obra? Sin embargo, pese a conocerlo, uno ve que algo no encaja.
La manera en la que la película mantiene paulatinamente esos eternos escenarios, que llegan a quebrantar el orden lógico de las animaciones a las que estamos acostumbrados —llenas de colores, explosiones y movimientos rápidos— hace ser muy consciente al espectador del proceso de lentitud del tiempo, similar a como ya hizo unos cuantos años atrás el célebre Stanley Kubrick en su magnum opus 2001: Una Odisea en el Espacio. Y, sin embargo, El huevo del ángel nos planta en un mundo carcomido por el pesar de las eras. Un mundo en el que todo es familiar, pero nada es cercano.
…Pero dime algo, aunque sea.
"¿Quién… quién eres?"
Esta es una de las primeras (y de las últimas) líneas de diálogo que muestra la película, al principio de la historia. No es algo banal: desde el primer momento planta una semilla que nunca llega a resolverse. «¿Quién eres?» es una pregunta que nos haremos constantemente desde el principio del largometraje hasta el final. ¿Quién es el portador de la cruz? ¿Quién es La niña? ¿Quiénes son los soldados arponeros? ¿Qué es el huevo? ¿Qué son los peces sombríos? Así estaremos durante toda la película. Y no es un problema, precisamente.
Sabes que estás ante una buena obra de ciencia ficción cuando el autor es capaz de transmitir un mensaje que depende de la libre interpretación y empiezas con dudas para acabar con más aún, y no te parece que esto sea malo. Incluso esto resuena con la base existencialista de Mamoru Oshii, al explotar contra la fe y la cristiandad al final de la película para liberar a la humanidad de una esclavitud impuesta que, irónicamente, deriva en un libre albedrío que está dispuesto a descubrir.
“Mantén las cosas preciadas dentro de ti o las perderás.”
Es impresionante la fuerza que tienen estas palabras y la evidente declaración de intenciones que suponen tanto para la trama como para el mensaje que pretende transmitir. Un personaje que incluso representaría la misma Fe, cargando con la cruz de Dios, enuncia este aforismo tan potente ante un personaje como La niña, que lleva portando el huevo «dentro de su vientre» alegóricamente (debajo del vestido), que, al ver cómo luego es la misma Fe la que resquebraja el huevo bajo el peso de la cruz (aquel que simboliza «las cosas preciadas de uno mismo», el yo), cobra un peso sustancial para la obra, suponiendo la traición de alguien que en un momento fue un amigo, alguien en quien confiar, alguien en quien refugiarse debajo de su abrigo en una noche lluviosa. Es la pérdida de la fe, que el mismo Mamoru Oshii pretende exorcizar. Es el abrazo a la madurez cuando crece La niña al final de la obra.





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